LA MUJER EN LA HISTORIA MILITAR

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Damas Legionarias
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miércoles, 13 de marzo de 2019

JÓVENES MIEMBROS DE LA RESISTENCIA HOLANDESA SEDUCIÁN A LOS ALEMANES PARA LUEGO ACABAR CON ELLOS


Las niñas de la Resistencia que asesinaban nazis tras prometerles sexo: «Era un mal necesario»

Las jóvenes miembros del Raad van Verzet holandés seducían a los germanos, se los llevaban a dar un «paseo por el bosque» y acababan con ellos por sorpresa

 Resultado de imagen de LA CHICA DEL PELO ROJO II GM

Manuel P. VillatoroManuel P. VillatoroActualizado:Los meses finales de 1944 no fueron los mejores para los soldados nazis destinados en Holanda. Tenían razones para estar preocupados. Mientras el Reich caminaba sin premura (aunque sin descanso) hacia la debacle, una parte de los Países Bajos ya había sido liberada por los aliados y el invierno azotaba con dureza la región. Por si no hubiera ya suficientes razones para preocuparse, la leyenda de la «chica del pelo rojo» se había extendido entre los combatientes. El mito hablaba de una joven de cabello cobrizo que acababa con la vida de los teutones sin piedad alguna y por sorpresa. Parecía que cualquier momento era bueno para caer en las redes de este desconocido diablo carmesí.

¿Había en realidad para tanto? Lo cierto es que sí. Pero no solo por la «chica del pelo rojo» (cuyo nombre verdadero era Hannie Schaft), sino también por las dos lugartenientes con las que contaba esta guerrillera: Freddie y Truus Oversteegen. Las tres formaban una suerte de comando especial que dependía del Raad van Verzet (RVV, la cúpula de la Resistencia holandesa) con un curioso cometido: seducir a soldados nazis en bares y cafés para acabar con su vida en cuanto se hallaran en un lugar apartado. El dato ya sería truculento de por sí, pero lo más llamativo es que las nombradas hermanas apenas sumaban 14 y 16 años durante aquellos tristes días de la Segunda Guerra Mundial. Mención aparte requieren sus misiones de sabotaje perpetradas durante la contienda.

Este grupo, ya famoso gracias a múltiples libros y largometrajes, volvió a ser alumbrado por los focos de la actualidad hace apenas unos meses (en septiembre de 2018, para ser más concretos) cuando los medios de comunicación informaron de que la última de sus integrantes, la en su momento pequeña Freddie, había fallecido a los 92 años. Poco antes, en una de sus últimas entrevistas, la veterana había dejado claro que no se arrepentía de sus actos. «Teníamos que hacerlo. Era un mal necesario. Nadie debería preguntarle a un soldado por sus actos en la guerra», explicó. En el mismo encuentro también reiteró su desprecio hacia aquellos que «traicionaban» a sus compatriotas; sujetos a los que también daban caza en las afueras de Amsterdam.

Niñas «deseadas»

La historia de este trío se ha convertido en una de las más famosas de la Resistencia holandesa durante la Segunda Guerra Mundial. Una suerte de película cuya protagonista principal suele ser Freddie debido a que su caso fue el más llamativo. Sus vivencias en los Países Bajos teutones han sido narradas de un millón de formas. Sin embargo, ella misma separó el mito de la realidad en una entrevista concedida en 2016 al medio en línea «VICE Netherlands». Sus respuestas no tienen desperdicio y, por descontado, muestran la rudeza de una dama que empezó a combatir cuando apenas superaba las 14 primaveras. «Un hombre que llevaba un sombrero se acercó a la puerta y le preguntó a mi madre si podía reclutarnos. Ella estuvo de acuerdo», afirmó la anciana.

Es imposible saber por qué su madre accedió a una petición de este calibre. Aunque lo cierto es que a Freddie no le pareció raro ya que, desde el principio de la contienda, había visto a su progenitora esconder a varias familias judías dentro de su casa: un viejo bajel en el que apenas cabía un alfiler. «Antes de que comenzara la guerra en los Países Bajos, cuando todavía vivíamos en el barco, escondimos algunas personas de Lituania en la bodega. Durante la guerra una pareja judía vivió con nosotros, por lo que mi hermana y yo sabíamos lo que pasaba», explicó. Y todo ello, a pesar de que, desde su más tierna infancia, habían sido educadas en la ideología comunista y aquellos sujetos «eran capitalistas».
Freddie , durante una de sus entrevistas hace apenas unos años
Freddie , durante una de sus entrevistas hace apenas unos años
Quizá por ello, y sin mediar palabra, tanto Freddie como su hermana Truus partieron con aquel misterioso sujeto. Un miembro de la Resistencia que no les prometió oro, pero sí dotarlas de las capacidades necesarias para acabar con el invasor. La pequeña creyó, como ella misma recordó, que comenzarían «una especie de entrenamiento secreto». Y en cierto modo así fue. «El hombre que llamó a nuestra puerta dijo que recibiríamos entrenamiento militar, y nos enseñaron una o dos cosas». Entre ellas destacaron los ejercicios de tiro y la orientación, dos pilares clave para sus futuras misiones. «Alguien nos enseñó a disparar y aprendimos a marchar en el bosque», se limitó a responder la más joven de las Oversteegen.

Con todo, la realidad es que la Resistencia holandesa no pensaba en ellas como asesinas de nazis. «En principio, no nos permitían estar en el bosque cuando había asesinatos. Sentían que no era algo que las chicas deberían ver», añadió Freddie.

Hace tres años, la anciana recordaba todavía la que fue una de sus primeras misiones: vigilar mientras su hermana lograba convencer a un destacado oficial nazi de que se fuera con ella. «Truus le encontró en un bar caro, le sedujo y luego le llevó a pasear por el bosque. Le dijo algo así como: “¿Quieres ir a pasear?”. Y, por supuesto, él quiso», añadió. Después de conseguir que saliera del lugar, otro miembro del grupo les interceptó en el bosque y disparó por la espalda al germano. «El hombre nunca supo qué le golpeó», señaló a «Vice» la mujer. Ella siempre se sintió orgullosa de haber colaborado en esta operación.

El terror nazi de Holanda

Truus y Freddie pronto fueron encuadradas con cinco chicas más, Y entre ellas destacaba Schaft. Todas ellas recibían órdenes del Raad van Verzet (el Comité de la Resistencia). Más conocido como RVV, este grupo se caracterizaba por mantener lazos ideológicos con el Partido Comunista holandés. «Era un grupo de la Resistencia que utilizaba explosivos y armas para combatir a los invasores alemanes», explica la historiadora Kathryn J. Atwood en su obra « Heroínas de la Segunda Guerra Mundial, 26 historias de espionaje, sabotaje, resistencia y rescate».
Hannie Schaft
Hannie Schaft
Esta misma autora es partidaria también de que las mujeres eran muy requeridas entre los partisanos debido a que los soldados alemanes no solían detenerlas ni registrarlas cuando viajaban en bicicleta. Una pequeña ventaja que les permitía trasladar armas y explosivos de un lado a otro sin que nadie se percatase de ello.

Nuestras protagonistas, sin embargo, consiguieron romper los arquetipos de la época y lograron que los hombres les permitieran tomar las armas en favor de su país. «No era frecuente que las mujeres de la Resistencia holandesa se implicaran directamente en el uso de explosivos y armas, pero Hannie, junto a las hermanas Truus y Freddie Oversteegen, comenzó a llevar a cabo sabotajes y asesinatos para el RVV», añade la experta.

Los objetivos principales de los miembros del RVV (y por tanto, de nuestro comando femenino) eran dos. En primer lugar, los altos cargos nazis destinados en Holanda. Y es que ya se sabe: la serpiente deja de ser peligrosa si es decapitada. No obstante, también dedicaban grandes esfuerzos para desenmascarar a los miembros del Movimiento Nacionalsocialista de los Países Bajos (NSB, por sus siglas en el idioma local). Razones tenían de sobra para querer acabar con ellos, pues eran holandeses que se encargaban de localizar a los posibles disidentes y entregarles después a las autoridades nazis. De hecho, también era tristemente habitual que participaran en las torturas a los reos.

Saboteadoras y seductoras

Dentro ya del RVV, nuestras tres protagonistas comenzaron su particular cruzada contra los germanos. Según explica el instituto « Smithsonian» en su obituario sobre Freddie, las chicas se hicieron especialistas en seducir a los nazis de las afueras de Amsterdam para, posteriormente, asesinarles en el bosque. «Las niñas atrapaban a sus objetivos coqueteando con ellos en los bares y pidiéndoles que las acompañaran a dar un paseo. Una vez que estaban fuera y llegaban al lugar, eran fusilados», desvela la reputada institución.

En este punto existen dos versiones. Las que afirman que las pequeñas eran las encargadas de quitarles la vida, y las que creen que de esta cruel tarea se encargaban los hombres.

La incógnita sigue, aunque la propia Freddie desveló en el diario holandés «IJmuider Courant» que había acabado con varios nazis a lo largo de su vida como partisana. «Yo misma he disparado un arma y los he visto caer. ¿Qué había dentro de nosotras en un momento así? Simplemente te gustaría ayudarles a levantarse», afirmó. En todo caso, la joven de las hermanas reconoció en vida que ambas «lloraron mucho» por tener que hacer aquello, aunque también reiteró en multitud de ocasiones que era casi una necesidad. Debían acabar con el enemigo. «Teníamos que hacerlo. Era un mal necesario. Nadie debería preguntarle a un soldado por sus actos en la guerra», incidió.
Soldados alemanes en Holanda
Soldados alemanes en Holanda
Tras la guerra, Freddie matizó para «Vice» que, a pesar de lo que se cuenta, lo más habitual era que ella fuera la encargada de engatusar a los hombres. «Cuando éramos pequeñas ella siempre decía: “Esta es mi bella hermana”. Eso era verdad. Ella era una niña fea, pero era la valiente de las dos», explicó. En sus palabras, formaban un buen equipo. «Era muy buena para hablar en público, algo que le fue muy útil también después de la guerra. Siempre se sabía los discursos de memoria. Nunca necesitó ningún apunte», completó.

Sin embargo, su larga lista de acciones contra el nazismo no se quedaba en ese punto. En las páginas que el « Washington Post» dedicó a Freddie tras su muerte se especifica también que dinamitaron puentes, «dispararon a los alemanes mientras conducían bicicletas» y se disfrazaron para ayudar a huir a muchos niños judíos de Holanda. Por descontado, también hicieron las veces de correo y transportaron armas de un lado a otro de la región sin levantar sospechas.

Aunque, como ellas mismas reconocieron, no eran asesinas sin corazón. En una ocasión, por ejemplo, recibieron la orden de raptar a los hijos del Comisionado del Reich en la región, Seyss-Inquart. La idea era intercambiarlos por algunos presos de la Resistencia que habían sido enviados a diferentes campos de concentración. Ellas se negaron, pues sabían que, si los germanos se negaban a cumplir sus deseos, tendrían que matar a los pequeños. «No somos Hitleritas. Los combatientes de la Resistencia no asesinan a niños», respondieron decididas.
«Cuando éramos pequeñas ella siempre decía: “Esta es mi bella hermana”. Eso era verdad. Ella era una niña fea, pero era la valiente de las dos»
Por desgracia, la tragedia sacudió a estas tres chicas en marzo de 1945, durante una misión que parecía como cualquier otra. En la tarde del día 21, Hannie (que se había teñido el pelo de negro para no llamar la atención de sus enemigos), transportaba un paquete con periódicos clandestinos cuando un grupo de soldados teutones le dio el alto en un control de Haarlem. La pintura de la cabellera no la salvó. Fue capturada, interrogada y torturada con el objetivo de que desvelara dónde diantres se hallaban sus colaboradoras. No lo hizo. Su lealtad fue absoluta. Aunque eso le costaría la vida.
«El 17 de abril de 1945, tres semanas antes de la liberación de los Países Bajos, Hannie Schaft fue llevada hasta las dunas de arena cercanas a Bloemendaal. Un oficial alemán de la SS le disparó, pero solo le rozó la sien. “¡Yo soy mucho mejor tiradora!”, le espetó Hannie. Entonces, un agente del NSB sacó una ametralladora y abrió fuego. Hannie estaba muerta. Su cuerpo fue enterrado a poca profundidad. Tras la guerra, los cuerpos de más de 400 resistentes fueron encontrados en esas dunas, todos hombres salvo una mujer: Hannie Schaft», añade la autora.

La «Chica del pelo rojo» se convirtió desde ese momento en una leyenda para la Resistencia holandesa. Truus, por su parte, dedicó su vida adulta a trabajar como artista y a elaborar esculturas inspiradas en su etapa como guerrillera. Murió en 2016. Freddie pasó sus traumas «casándose y teniendo bebés». Falleció en 2018, y con ella se marchó uno de los últimos testigos del RVV.

martes, 22 de enero de 2019

ESPAÑOLAS EN LAS F.F.I

Las grandes olvidadas: las mujeres españolas en la Resistencia francesa

Por Isabel Munera Sánchez




Un gran manto de olvido ha cubierto durante muchos años la participación española en la Resistencia francesa. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los franceses se dedicaron a construir una historia de la Resistencia que ignoraba la importante presencia de extranjeros en la liberación de Francia, y que convertía a los franceses en los protagonistas indiscutibles de la lucha que se libraba en Europa contra el nazismo.

Un gran manto de olvido ha cubierto durante muchos años la participación española en la Resistencia francesa. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los franceses se dedicaron a construir una historia de la Resistencia que ignoraba la importante presencia de extranjeros en la liberación de Francia, y que convertía a los franceses en los protagonistas indiscutibles de la lucha que se libraba en Europa contra el nazismo. Pero si la presencia de los republicanos españoles fue ignorada, la de las mujeres ha sido completamente silenciada, convirtiéndose, muy a su pesar, en protagonistas invisibles de una historia de olvido. Ha llegado el momento de levantar ese manto de silencio y de recuperar la memoria de todas estas mujeres anónimas que arriesgaron su vida porque el mundo recuperara la libertad. Este es, sin duda, el principal objetivo de esta intervención. Porque como muy bien señaló el escritor francés André Malraux ya en 1975: “Los que han querido confinar a la mujer al simple papel de auxiliar de la Resistencia, se equivocan de guerra”.

De guerra sabían mucho ya las mujeres españolas cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. El triunfo del levantamiento franquista en España las había empujado al exilio huyendo de los bombardeos. En las últimas semanas del mes de enero y principios de febrero de 1939, cerca de 500.000 españoles cruzaron los pasos pirenaicos en la más importante emigración forzosa de la historia de España. Niños, ancianos, mujeres, soldados y familias enteras comenzaron entonces un largo peregrinar por medio mundo, aunque los dos lugares más importantes de asentamiento de estos españoles desarraigados serían Francia y México. Huyendo de un destino que se presentaba incierto, los refugiados depositaron sus esperanzas en el país vecino, una tradicional tierra de asilo y cuna además de los Derechos del Hombre. Pero las autoridades francesas, nada habían previsto, pese a que la derrota del ejército republicano se hacía cada vez más evidente. Días y noches a la intemperie, muertos de frío y hambre, los exiliados españoles esperaron su turno para cruzar la frontera. Ya en suelo francés, los gendarmes se encargarían de separar a las familias. Los hombres que estaban en condiciones de trabajar fueron conducidos a campos de concentración, mientras que las mujeres, los niños, los enfermos y los ancianos fueron evacuados masivamente a improvisados albergues y centros de acogida en diversos departamentos del interior.
Pese a las manos que les tenderán algunos franceses solidarios con su situación, en general, el recibimiento del pueblo francés será hostil. Además, la prensa conservadora y de extrema derecha se encargará de exaltar aún más los ánimos. “Invasión de refugiados”, “ruinas humanas”, “marea de fugitivos”, “bestias carnívoras de la Internacional” o “la hez de los bajos fondos y de las cárceles”, serán algunos de los calificativos que recibirán los republicanos españoles. Las condiciones de vida durante los primeros meses en los campos de concentración de Argelès, Saint Cyprien y Barcarès serán especialmente duras. Playas desnudas, rodeadas de alambradas sin un lugar donde guarecerse del frío, sin apenas nada que llevarse a la boca, sin medidas de higiene, sin medicamentos, bebiendo agua salobre y haciendo sus necesidades en la playa, de donde procedía el agua que bebían. Con estas condiciones, serán muchos españoles que mueran en los primeros momentos de su llegada a Francia. Aunque algunas mujeres vivirán en primera persona esta realidad, serán una minoría. La mayor parte pasarán estos primeros meses de exilio en albergues y centros de acogida donde las condiciones de vida no serán, sin embargo, mucho mejores. En escuelas, cuarteles, granjas, cuadras o viejas fábricas dormirán en el suelo o sobre paja, sin agua caliente, sin ropa de abrigo, sin apenas comida con la que alimentar a sus hijos y con la incertidumbre de no saber cuál es la situación de sus familiares encerrados en los campos de concentración. Muy pronto, las autoridades francesas intentarán deshacerse de unos refugiados que consideran una “gran carga” para su economía y fomentarán las repatriaciones a terceros países, sobre todo, de América Latina y el retorno a España, incluso recurriendo en muchas ocasiones al engaño. 
Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres españolas tendrán que continuar su particular lucha por la supervivencia. Una orden de abril de 1940, que decretaba el cierre definitivo de todos los albergues, complicará aún más su situación. Sometidas a la presión de las autoridades francesas, las mujeres se debatirán entre regresar a España, desde donde llegan noticias de que se ha desatado una brutal represión, reemigrar a terceros países, una posibilidad no siempre al alcance, o iniciar en Francia una vida en la clandestinidad. Pero no era fácil regularizar la situación y conseguir los papeles necesarios. Además, las mujeres no eran consideradas un colectivo interesante para la economía nacional. Si no disponían de una familia establecida en el país, sus posibilidades de permanencia eran escasas. Algunas trabajarán en el campo, otras como criadas y las menos en fábricas; pero son muchos los testimonios que nos hablan de la situación de explotación y vejaciones que sufrirán por parte de sus patronos. Y, pese a todo, las mujeres siempre estarán en primera línea cuando se trate de impedir una injusticia. Fueron mujeres las que primero se rebelaron contra la decisión de las autoridades francesas de trasladar en marzo de 1941 a los brigadistas del campo de Argelès al norte de África.

Conocedoras de las duras condiciones de los campos en las posesiones francesas del África septentrional, donde muchos refugiados encontraban finalmente la muerte, trataran de impedir este traslado. Como recuerda una de las protagonistas, Ana Pujol: “Los hombres vacilaban y no se atrevían, temiendo las consecuencias del levantamiento. Y las mujeres decidimos llevar nosotras la lucha (…) Fue el campo de mujeres el que se levantó, en una protesta tan unánime y violenta, que las propias fuerzas que nos guardaban cogieron miedo. En pocos minutos, la avalancha de mujeres avanzando hacia el reducto donde se intentaba sacar a rastras de sus barracas a los internacionales rompió las alambradas y lo arrolló todo”. 

Pero éste no fue un episodio aislado. Neus Catalá en su estremecedor libro “De la Resistencia y la deportación”, recoge el testimonio de 50 mujeres españolas que participaron en esta “nueva batalla contra el fascismo internacional”. “Las mujeres españolas!, recuerda Neus, “las muchachas de la JSU nos incorporamos de mil y una maneras al combate. No fuimos simples auxiliares, fuimos combatientes. De nuestro sacrificio, de nuestra sangre fría, de nuestra rapidez en detectar el peligro dependía a veces la vida de decenas de guerrilleros”. Como la propia Neus Catalá, fueron muchas las mujeres que se incorporaron a las filas de la Resistencia tras la ocupación de Francia por los nazis en mayo de 1940. Como enlaces, en las redes de evasión, transportando correos, municiones, armas o mensajes, dando cobijo a los perseguidos por la Gestapo y la Milicia francesa, confeccionando o distribuyendo prensa clandestina e incluso empuñando armas en batallas tan importantes como la de La Madeleine. Eran conscientes del peligro, pero sentían que cumplían con su deber. Neus comenta: “Cuando entrábamos en la Resistencia éramos conscientes del peligro. Teníamos un 90% de posibilidades de caer. Pero caía uno, y sabíamos que diez nos remplazarían (…) Como las demás, cumplí sencillamente con mi deber. Me llamaron y respondí”. Para algunas mujeres, su trabajo en la Resistencia se convirtió en el centro de su existencia. Regina Arrieta recuerda: “Al principio éramos pocos los que hacíamos la Resistencia. Fueron años durísimos, pero exaltantes. A mí me pareció que mi vida comenzó el día que pasé a formar parte de la Resistencia para luchar contra el ocupante nazi”. Otra mujer confirma estas palabras: “Mis compañeros y compañeras militantes españoles nos unimos en seguida a la Resistencia, en Francia, contra los nazis, porque aquella lucha la sentíamos como propia, considerábamos un deber defender la libertad donde fuese, como en España, frente al alemán, porque era nuestro virtual enemigo, los que habían ayudado a Franco a ganar la guerra” 

Así, muchas mujeres que no habían ejercido actividades políticas ni militares durante la Guerra Civil, encontraron en la Resistencia francesa su oportunidad para poder luchar contra el fascismo.  Ingrid Strobl en su magnífico libro Partisanas comenta: “Las mujeres tuvieron una aportación decisiva en la lucha contra el fascismo y el nacionalsocialismo. Entrevistas con activistas e investigadores han demostrado que la infraestructura de todo tipo de resistencia fue creada sobre todo por mujeres (…) Pero mientras el luchador activo, al ser detenido, todavía podía intentar defenderse con su arma, la mujer desarmada, con su cesto de la compra lleno de octavillas ilegales estaba totalmente a merced de sus perseguidores”. Fueron muchas las mujeres que fueron ejecutadas por su trabajo en la Resistencia, o que padecieron infinidad de torturas al negarse a delatar a un compañero, o que murieron en el infierno de los campos de extermino nazis. Y, sin embargo, para todas estas mujeres no hubo apenas reconocimientos ni menciones de honor. El simple hecho de ser mujer fue motivo suficiente para no ser vistas y para que su importante contribución a la Resistencia fuera ignorada. Como apunta con gran acierto Antonina Rodrigo en su obra “Mujer y exilio”: “Ellos intervinieron en la guerra, en el maquis, en la resistencia (…) y pasaron a la historia, se les condecoró, se les dedicaron monumentos. Ellas también hicieron la guerra, estuvieron en el maquis, en la resistencia (…), pero en los libros de historia la mujer siguió ausente, no han recogido sus batallas”. Además, a diferencia de sus compañeros, las mujeres tuvieron que compatibilizar su trabajo en la Resistencia con su papel de madres. José Martínez Cobo, dirigente del PSOE en el exilio, asegura: “Las mujeres en la Resistencia han sido utilizadas siempre para transmitir mensajes, mantener lugares seguros y también han tenido el dificilísimo papel de correr todos los riesgos que corría el hombre y al mismo tiempo mantener la familia”.  Regina Arrieta afirma: “En mi casa se hacían reuniones, se confeccionaban octavillas. Tenía que trabajar, criar a mi hijo y hacer la Resistencia”. Otra refugiada Jesusa Bermejo explica cómo hasta la propia policía se marchaba de su casa, punto de reunión de resistentes, al ver a tantos niños: “La policía siguió visitando mi casa, pero se quedaba poco tiempo, al ver el panorama de tanto crío; los cinco de la hermana muerta, la de mi hermana en la cárcel y los míos, todos muertos de hambre y llenos de sarna”.
También hubo menores de edad entre las resistentes. Josefa Bas empezó a trabajar con el maquis de Dordogne a los 16 años. La misma edad tenía Lina Bosque cuando empezó a realizar labores de enlace. Esta niña-mujer recorría largas distancias a pie o en bicicleta para llevar papeles, cartas o mensajes. “Como era una cría (…), acompañaba a los compañeros y decían que conmigo pasaban más desapercibidos”. Sin embargo, y pese que exponía su vida como los demás, Lina tuvo problemas con algunos de sus compañeros varones. “Una cosa que me hizo mucha gracia fue que pedí el ingreso en el Partido, pero me dijeron que era demasiado joven. Es decir, que para eso me encontraban demasiado joven, y no lo era para hacer todas aquellas cosas que me hacían hacer (en la Resistencia)”.  A veces, los compañeros varones tampoco veían con buenos ojos la presencia de las mujeres en la guerrilla. Regina Arrieta recuerda su experiencia al llegar al maquis: “Allí fui acogida con toda naturalidad y afecto, menos por un oficial de la Marina española Republicana, que no toleraba la presencia de las mujeres en la guerrilla”.  Pese a estas reticencias, algunas mujeres ocuparon puestos importantes en el organigrama guerrillero como la nombrada Regina Arrieta, que perteneció a la dirección de la MOI (Mano de Obra Inmigrada) en Toulouse o Nati Molina “La Peque” y Carmen (otra mujer sin apellido), que formaban parte del Estado Mayor de la Agrupación de Guerrilleros Españoles y que se encargaban de asegurar la comunicación entre las diferentes unidades. Sin embargo, no se tiene recuerdo de ellas y sus nombres se han esfumado como el de otras muchas en el tiempo. 

Mujeres jóvenes, anónimas, procedentes de las capas populares, que se vieron inmersas en el torbellino de cambios sociales, culturales, económicos y políticos que trajo la República de 1931. Mujeres que se vieron forzadas a un exilio que las condujo a un nuevo frente, el que se libraba en Europa contra el fascismo internacional. Su labor como enlaces fue fundamental. Aseguraban las comunicaciones entre los diversos grupos guerrilleros. Recorrían a veces más de 100 kilómetros para transportar un parte o una orden militar, llevar municiones, armas, dinero, cartillas de racionamiento, etc. Como los autobuses eran lugares muy peligrosos y sometidos a constantes inspecciones, la mayoría de las veces recorrían largas distancias a pie o en bicicleta. La labor de enlace requería una gran resistencia moral y física. Los enlaces eran los que más se exponían y corrían el peligro de ser torturados en caso de detención. Además, las mujeres enlaces no llevaban armas y, a veces, sólo tenían piedras para defenderse de las pistolas.  Las mujeres también eran utilizadas para transportar explosivos, que servían para destruir más tarde vías férreas y postes eléctricos. Luisa Alda recuerda cómo guardaba en el carrito de su niña materiales explosivos que luego se utilizaban para destruir vías de comunicación. Y todo con el único objetivo de escapar de los controles de la Gestapo. Las refugiadas españolas se encargaban también de mantener puntos de apoyo, refugios seguros donde los “quemados” -personas perseguidas por los nazis o la Milicia francesa- podían esconderse o curarse las heridas antes de regresar al maquis. En estos refugios se diseñaban además planes militares o se guardaban papeles falsos, salvoconductos o instrumentos para la impresión de octavillas o prensa clandestina. Los sabotajes tampoco estaban reservados a los hombres. Muchas mujeres realizaban sabotajes en las fábricas alemanas donde trabajaban. Soledad Alcón recuerda como para la conmemoración del armisticio de la Primera Guerra Mundial, decidieron celebrarlo con una serie de sabotajes en la fábrica. Ella se presentó voluntaria y paró todo el taller. 

La presencia femenina también fue muy importante en las cadenas de evasión, una de las primeras formas de Resistencia contra el ocupante nazi. Muy pronto se crearon redes que ayudaban a personas perseguidas a atravesar por diversos pasos de montaña la frontera pirenaica. Sin duda, una de las redes más importantes y efectivas fue la creada por el anarquista oscense Francisco Ponzán, François Vidal en la Resistencia, que formaba parte de la red Pat O’Leary, organizada por los servicios secretos ingleses para sacar del territorio francés a los aviadores británicos que caían en Francia. Pilar Ponzán, hermana del fundador de la red, fue uno de los miembros de esta cadena junto a las también españolas Alfonsina Bueno Ester y Segunda Montero. Como se puede apreciar por los testimonios que he expuesto durante mi intervención, la participación de las mujeres españolas en la Resistencia francesa fue amplia y variada. Pero pese a esta multiplicidad de actuaciones, su contribución a la liberación de Francia ha sido completamente obviada durante años. En un coloquio que se celebró en París en el año 1996, la vicepresidenta de la Federación de Asociaciones y Centros de Españoles Emigrantes en Francia (Faceef) y coordinadora del coloquio, Francisca Merchán, se preguntaba por esta cuestión: “¿Por qué hay todavía miedo a decir que las mujeres tomaron parte activa en la guerra y en la Resistencia (…)? Hoy, casi nueve años después, la investigación sobre este asunto es todavía muy escasa y sus protagonistas, las mujeres, continúan siendo unas desconocidas, relegadas a la labor de meras auxiliares en una historia protagonizada por los hombres. “Para ellos, los honores; para nosotras, el olvido”, comenta con amargura Regina Arrieta.  De este olvido han tratado de rescatarlas otras mujeres. Fundamental, sin duda, para conocer en primera persona el relato de estas resistentes el libro de Neus Catalá, que les da voz a todas ellas. O los testimonios recogidos por otra mujer resistente Tomasa Cuevas; o los trabajos de Giuliana di Febo, Ingrid Strobl, Antonina Rodrigo, María Fernanda Mancebo, Pilar Domínguez, Mary Nash, Alicia Alted…

Sus compañeros varones, preocupados durante algún tiempo por su propio olvido, descuidaron la importante labor de sus mujeres, que se convirtieron en las víctimas de un nuevo silencio. El poeta asturiano José María Álvarez Posada, “Celso Amieva”, escribía una carta a su amigo Eduardo Pons Prades para que incluyera en su libro un poema, que sirviera de homenaje a las mujeres que reconocía “con frecuencia hemos olvidado”. “Sin ellas, bien lo sabes”, proseguía, “nosotros, los valientes, los heroicos guerrilleros, nos hubiéramos hundido moralmente más de una vez y, en el plano digamos operacional, pegado más morradas que pelos tenemos en la cabeza. Por eso te envío estos versos dedicados a las muchachas del maquis”. Las primeras líneas de su poema dicen: “Quiero nombrar aquí a las compañeras abnegadas y anónimas, enlaces y escuchas, auxiliares y guerrilleras o heroicas enfermeras, valientes y eficaces”. Como sus compañeros varones, sufrieron las penurias de los campos de concentración franceses, los peligros de la vida clandestina y la Resistencia. Fueron detenidas, torturadas, ejecutadas y conducidas al infierno de los campos de exterminio nazis, donde muchas encontrarían la muerte. Y, sin embargo, continúan siendo las grandes desconocidas de una historia que todavía está por escribir.

MADELEINE TRUEL, LA PERUANA QUE FUE HEROÍNA DE LA RESISTENCIA FRANCESA



MADELEINE TRUEL



  






María Fernández Re
De padres franceses, Madeleine nació en Lima (Perú) en 1904 y allí residió hasta cumplir los veinte años.
En 1924, fallecidos sus padres, Truel con sus hermanos decidieron viajaron a Europa y se asentaron en París, donde comenzó a estudiar en la Universidad de la Sorbona.
Con el avance de la Segunda Guerra Mundial, Francia en menos de un mes fue vencida por el ejército alemán y en una tarde del París ocupado de 1942, Madeleine fue atropellada por un camión militar alemán, lo que la mantuvo postrada en la cama una larga temporada y le hizo padecer una cojera de por vida.
Obligada a permanecer la mayor parte de tiempo en casa, viendo París desde la ventana de su habitación, descubrió cómo sus vecinos judíos eran detenidos sin razón alguna por la Gestapo y maltratados a golpes o asesinados incluso delante de niños. Esto se cree que despertó su espíritu solidario.
Durante la contienda, Francia se encontraba dividida en dos: un sector apoyaba a los alemanes por temor a ser asesinados o despojados de su patrimonio mientras que otro grupo se opuso a ser subyugado por el ejército de Hitler, a este último grupo se le conoce como la Resistencia Francesa y a él decidió pertenecer Madeleine Truel.
Ya enrolada en la Resistencia, Truel –Marie en la clandestinidad– destacó por su habilidad con la pluma, y así se convirtió en una experta falsificadora de documentos con los que logró salvar a cientos de judíos con salvoconductos e identificaciones falsas.
Los nazis no perdían de vista a la Resistencia francesa y estaban enterados de las labores de falsificación de documentos. En julio de 1944 capturaron a “Any” compañera y amiga de Madeleine Truel.
La Resistencia se sentía acorralada, sin embargo, Madeleine Truel –a pesar de las advertencias de sus compañeros– decidió ir a la casa de Any, donde sabía que había un frasco de tinta y ello podría significar salvar a más personas.
Al entrar en la casa de su compañera fue detenida de inmediato por la Gestapo.
En prisión, fue interrogada y torturada. Los compañeros de celda que le sobrevivieron dejaron testimonio de la inquebrantable postura de Madeleine basada en su fe católica de no traicionar a sus compañeros bajo ninguna circunstancia, por muy duro que fuese el sufrimiento de la tortura. Relataron que siempre repetía estas palabras: “La única responsable de mis actos soy yo y únicamente lo responderé ante Dios”.



A FONDO 

Madeleine Truel Larrabure

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Madeleine Truel Larraburre
Información personal
Nacimiento28 de agosto de 1904
LimaPerú
Fallecimiento03 de mayo de 1945 (40 años)
OranienburgAlemania
NacionalidadPeruana
Lengua maternaEspañol
Familia
PadresAlexandre Léon Truel y Marguerite Larrabure Othéquy
Información profesional
OcupaciónEscritora
Años activaSiglo XX
SeudónimoMarie
Lengua de producción literariaFrancés
Obras notablesL'Enfant du Métro
Madeleine Blanche Pauline Truel Larrabure (Lima28 de agosto de 1904 - Oranienburg3 de mayo de 1945), fue una peruana de ascendencia francesa, que luchó desde la Resistencia Francesa, contra los abusos del ejército Nazi. Murió en el campo de concentración Sachsenhausen en 1945. Escribió el libro "L’Enfant du Métro"​ (El Niño del Metro), publicado en París, en 1943, por la firma Editions du Chêne, con ilustraciones de su hermana Lucha Truel.
Se desconoce la fecha exacta en la que Madeleine Truel se une a la resistencia civil francesa. Trabajó como falsificadora de documentos. Fue capturada en 1944 y torturada sin éxito para extraerle información. Fue enviada al campo de concentración de Sachsenhausen en 1945. Murió en Stolpe (Alemania), el 3 de mayo de 1945, luego de una de las llamadas Marchas de la muerte pocas horas antes de la llegada de las tropas rusas. Su nombre completo, Madeleine Blanche Pauline Truel Larrabure, aparece en un monumento de homenaje a todos los que fueron deportados de Francia y perecieron durante la Segunda Guerra Mundial.2​ El periodista peruano, de ascendencia judía, Gustavo Gorriti declaró que Madeleine "Debe ser declarada heroína nacional".

Primeros años

Familia Truel.
Alexandre Léon Truel y Marguerite Larrabure Othéquy, fueron inmigrantes franceses que llegaron al Perú en la segunda mitad del siglo XIX. Tuvieron 8 hijos de los cuales Madeleine fue la última hija de la familia y nació el 28 de agosto de 1904. La infancia de Madeleine transcurrió de una forma apacible y alegre en la casa familiar ubicada en la antigua calle Arequipa número 54 en Lima. De una familia de profundos valores católicos, Madeleine estudio en el Colegio San José de Cluny, ubicado en la esquina de la calle Bolivia con el jirón Washington del centro de Lima. En su hogar se hablaba en francés lo que le permitió aprender este idioma a la perfección además del español. Su padre regentaba un negocio de ferretería ubicada en el Jirón de la Unión 150. Además era bombero voluntario de la bomba France 3 también ubicada en la Plaza del mismo nombre.

Vida en Lima

Madeleine era una aficionada a la música criolla de principios del siglo XX. Sufrió la muerte de su madre y de su padre antes de cumplir los 20 años. Su madre falleció de forma repentina producto de una enfermedad. Su padre falleció el 6 de mayo de 1918, en la clínica Maison de Santé de Lima, a consecuencia de una infección en una pierna herida durante su labor de bombero en el incendio de la tienda "El Pergamino". Alexandre Truel, es reconocido héroe de la Compañía France Nº3 y condecorado con la medalla de Oro.

Vida en París

Portada de un libro con una ilustración de un niño montado en un caballo negro con la melena y la cola blanca sobre el suelo de color rojo contra un cielo anaranjado. Hay un marco verde y rosa decorativo, rodeado por un marco de fondo de color naranja y rojo que complementa la imagen principal.
L'Enfant du metro (1943) de Lucha y Madeleine Truel.
Debido a la ausencia de los padres y demás familiares mayores, los hermanos Truel decidieron regresar a Francia a pedido de algunos familiares en París en 1924. Estando allá, Madeleine decidió estudiar Filosofía en la Universidad de la Sorbona. Practicaba su fe católica acudiendo a la iglesia de Saint François de Sales, en el Distrito 17, entre el Arco del Triunfo y Montmartre, zona donde vivió la mayor parte de su vida en París. Consiguió un empleo como asistente administrativa en la primera sucursal del Banco Bilbao Español, ubicada en la Rue de Richelieu. A sus amigos de trabajo les contaba sus anécdotas de vida en el Perú, sus tradiciones y actualidad. Le gustaba cocinar platos típicos peruanos.
En enero de 1942, Madeleine fue atropellada por un camión del ejército nazi. Le diagnosticaron múltiples fracturas en el cráneo y en las piernas. Pasa una temporada larga en el hospital. A raíz de este accidente le acompañó una cojera hasta el final de su vida.
En 1943, publica el libro "El niño en el metro" junto a su hermana Lucha. El libro narra la historia de un niño que viaja por las estaciones del metro de París ambientado en la década de 1920. Se lo dedican a Pascal, el hijo de unos amigos judíos rumanos que vivían en el piso superior de su departamento parisino. Su hermana Lucha hace las ilustraciones del libro y ella los textos.

Resistencia Francesa

En junio de 1940, las fuerzas alemanas invadieron París. Se formó "La Resistencia" formada por ciudadanos franceses que decidieron luchar contra los nazis. El matrimonio Pierre y Annie Hervé, que eran sus amigos, son los que introducen a Madeleine en la Resistencia Francesa. La labor que le asignaron a Madeleine fue la de falsificar documentos, especialmente pasaportes, que entregaban a judíos prófugos y soldados aliados que aterrizaban en paracaídas sobre la capital francesa. Utilizó el seudónimo de "Marie" para no ser identificada por los agentes de la Gestapo.

Apresamiento

El 19 de junio de 1944, Madeleine fue apresada por 3 agentes alemanes cuando iba a recoger tinta en unos de los escondites de la resistencia. Días antes habían apresado a una compañera de la resistencia llamada Annie que fue el nexo para llegar a ella. Luego de ser apresada fue conducida al local de la SS ubicado en la Avenue Foch y luego trasladada provisionalmente a la prisión de Fresnes. Fue torturada para forzar a que delate los planes y personas de la resistencia. Ella resistió y no delató ningún detalle y asumió toda la responsabilidad de sus actos. Sus familiares la visitaban y solo le pudieron dejar una biblia como compañera de celda.
Fue trasladada al campo de concentración Sachsenhausen en 1945. En el campo de concentración vivió la caridad de forma heroica. Se desprendía del poco alimento que les daban para compartirlo con los que ella consideraba que lo necesitaban más. Mantuvo la alegría a pesar de las dificultades y animaba a sus compañeros de prisión con las historias bonitas que recordaba del Perú. Por este motivo recibió el cariñoso apelativo de "Pájaro de las Islas".

Marcha hacia la Muerte

Un camino a través de campos abiertos pasa una línea de árboles y entra en un pueblo
El enfoque de Stolpe desde el sureste.
El fin de la guerra estaba próximo a llegar. El ejército soviético se acercaba por el oriente y el ejército norteamericano por el occidente. Las tropas alemanas empezaban a desorganizarse y emprendieron la huida en lo que se conoce como "Marchas hacia la muerte" que se refieren al traslado de la miles de prisioneros, en su mayoría judíos, de los campos de concentración cerca de los frentes de guerra hacia el interior de Alemania desde fines de 1944 e inicios de 1945.
El 22 de abril, empezó la llamada Marcha hacia la muerte del campo de concentración de Sachsenhausen hacia Lubeck, ubicada a poco más de 200 kilómetros de distancia. Muchos prisiones, exhaustos por la desnutrición e inclemencias del tiempo, fueron muriendo a lo largo del recorrido. El propósito de estas marchas era ocultar todas las evidencias de la barbarie que se vivió en los campos de concentración. Un soldado alemán nervioso por el lento avance de los prisioneros empezó a golpearlos furibundamente con una vara de acero. Una de las víctimas de este soldado fue Madeleine. Pocas horas después los alemanes huyeron del grupo de prisioneros y se despojaron de sus uniformes para pasar inadvertidos por las tropas rusas que estaban pisándoles los talones. Madeleine perdió el conocimiento por un tiempo y fue llevada en una camilla improvisada por 6 personas ya que, a pesar de la pequeña estatura de la peruana, no se sostenían en pie por el cansancio. El grupo de sobrevivientes llegó a un pequeño poblado alemán llamado Stolpe. Cuando despertó acusó un fuerte dolor de cabeza y fiebre muy alta. A las pocas horas expiró con una paz muy característica en ella.

Una heroína desconocida en su país

Los amigos que la acompañaron hasta su tumba, la vistieron con un vestido rojo y buscaron un sacerdote católico para que pronunciara las oraciones fúnebres ante el cuerpo allí presente, en la seguridad que Madeleine habría agradecido ese gesto. Antes de ser enterrada, una de las compañeras anudó su brazalete con la estrella de David en el brazo de Madeleine, para que luego pudiera ser identificada como víctima de la insania nazi. Otro, colocó sobre su pecho geranios rojos y blancos en homenaje a su nacionalidad peruana y como muestra de gratitud por lo mucho que les hablaba sobre su país de nacimiento. Todo esto sucedía en el cementerio de Stolpe, el 3 de mayo de 1945, a solo 5 días antes de la rendición de Alemania y el fin del Holocausto.
Frente a la catedral de Notre Dame en París, se encuentra un memorial de homenaje a todas las personas que fueron deportadas desde Francia durante la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría son judíos. En esa larga lista aparece el nombre de Madeleine Blanche Pauline Truel Larrabure.
A finales de 1946, un sobreviviente del campo de concentración de Salsenhausen que conoció de cerca y hasta el final de sus días a Madeleine, escribió un artículo testimonial en Le Figaro. Es a partir de esa publicación periodística que el nombre de Madeleine Truel empezará a ser mejor conocido y reconocido por el mundo.
En el Perú, el periodista Hugo Coya ha publicado el libro "Estación Final" el año 2010, donde narra la historia de los peruanos que murieron en los campos de concentración nazi. El capítulo de Madeleine es relatado de manera muy especial y es el primer texto peruano que reivindica los méritos de esta auténtica heroína del siglo XX. Ella nos demuestra de qué manera es posible trascender la adversidad, superar con valentía y fortaleza el infortunio, y asumir a plenitud la defensa de valores universales mediando la solidaridad y el respeto fiel a los derechos humanos. Basado en ese libro, Luis Enrique Cam elaboró un video documental titulado "Madeleine Truel, la heroína peruana de la Segunda Guerra Mundial"



domingo, 20 de enero de 2019

SIMONNE FAVRE-BERTIN, ALIAS "SILVIA MONFORT" MIEMBRO DE LAS F.F.I

"Silvia Monfort". Héroe de la resistencia. 1943, Silvia, seudónimo de Simonne Favre-Bertin, ya actriz, 20 años conoce a su futuro marido, Maurice Clavel (joven estudiante de filosofía). Ambos, no quieren aceptar la ocupación como algunos intelectuales colaboradores, van a comprometerse en la resistencia, red liberación Nord Eure et Loire. Por lo tanto, ella y Mauricio, que se convirtió en “Sinclair”, van a recorrer todo el departamento para coordinar las acciones, reclutar hombres, organizar el abastecimiento, recoger los lanzamientos. 
La Gestapo los buscará por todas partes a esta joven y bonita mujer rubia sin atraparla nunca.
11 de agosto de 1944, van a formar parte de los sublevados del Nord Eure et Loire, en espera del ejército estadounidense. El Combate durante ocho días, será sangriento pero victorioso. Momento supremo de este tiempo heroico, cuando Silvia Monfort, con otros, acogerá al General de Gaulle en Chartres liberada el 23 de agosto, en el atrio de la catedral. 
Al día siguiente Silvia viajará a París y participará en los combates ante el palacio de Luxemburgo. Será condecorada con la Cruz de Guerra en 1945 y la Estrella de Bronce impuesta por el mismisimo General Patton. Actuará en el papel de  Juana de Arco en un espectáculo destinado a financiar a las familias de los resistentes muertos en combate.

Esta gran actriz hablará de su acción en el libro: “ No me pasará nada”. 1946. Nunca  había ocultando su papel en la resistencia.

Fuente de investigación para la memoria de la resistencia en Eure y Loira.








TRADUCCIÓN, RELIAZACION Y MAQUETACIÓN J.M.G

sábado, 19 de enero de 2019

VITKA KEMPNER Y EL NAKAM "LOS VENGADORES JUDIOS"


 VITKA KEMPNER, MIEMBRO DEL NAKAM




Vitka Kempner, miembro del grupo de resitencia judia "Nakam, "los vengadores judios". Dirigido por su esposo Abba Kovner. El objeto de este grupo, era aplicar "LA LEY DE TALIÓN" y para vengar a los judios víctimas de Holocausto, acabar con la vida del máximo de alemanes posibles.
Una vez terminada la guerra, los "Nakan" no la quisieron dar por terminada. Planeando ejecuciones masivas de alemanes:

El primer plan fue intentar envenenar los suministros de agua potable de 5 ciudades alemanas: Weimar, Hamburgo, Frankfurt y Munich. Para ello Abba Kovner viajo hasta Israel con el fin de conseguir el veneno necesario. Ya en el viaje de regreso fue interceptado por los ingleses, lo cual evitó este crimen masivo.


 La siguiente fue intentar envenenar a los prisioneros alemanes cautivos en el campo de concentración de Stalag 13-D, un campo aliado de Prisioneros de guerra alemanes en Nuremberg. Allí, los vengadores de Nakam intentaron matar a 12.000 prisioneros alemanes. Envenenado el pan, que alimentaria a los prisioneros. Y casi lo consiguieron intoxicaron a mas de 2.300 de ellos, por fortuna se equivocaron en la mezcla de Arsenico y Pegamento con el pan y esto evitó su muerte.
Esta fue la última ocasión en la que el grupo NAKAN intentó algo parecido. Dejaron la lucha clandestina y se unieron a la fuerzas de defensa de Israel, donde tuvieron un papel importante.

La Mujer En El Ejército y Cuerpos de Seguridad
 

A FONDO :

  Nakam

Teniente americano (izq.) y guardia alemán inspeccionan el Konsum-Genossenschaftsbäckerei en Nuremberg después del intento de envenenar a los prisioneros SS.
Nakam (Dam Yehudi Nakam, "La sangre judía será vengada") fue una organización extremista judía, fundada por Abba Kovner en 1945, cuyo objetivo primordial era vengarse del Holocausto.

La acción más notable fue un atentado del 14 de abril de 1946 a la prisión de Langwasser de Nurenberg. Envenenaron con arsénico panes para unos 12.000 prisioneros (de los cuales una mayoría eran miembros de la SS) y causaron unos 200 heridos graves, aunque nadie murió.

El Oberlandgericht Nürnberg suspendió en mayo de 2000 la prosecución legal de dos activistas del Nakam por la presencia de prescripción y circunstancias muy particulares.

 

Los Nakam, La Brigada Judía Que Planeó Vengarse De Los Nazis Tras La Guerra

La venganza. Ese sentimiento tan propio del ser humano que, a lo largo de su historia, ha jugado un papel protagonista y determinante en un incalculable número de ocasiones. Las consecuencias son, en todos los casos, terribles. Pero lo son aún más cuando se dan en el marco de una guerra. Y se multiplican hasta el infinito cuando entran en juego la religión y el dolor por una aniquilación sistemática y calculada. Así debieron sentirlo en sus mentes los Nakam, un grupo judío de guerrilleros que, tras la Segunda Guerra Mundial, planeó la muerte de seis millones de alemanes para equilibrar la balanza y honrar la memoria de las víctimas del Holocausto. Una sed de resarcimiento que queda plasmada en el lema de esta brigada: “La sangre judía será vengada”. 
Mayo de 1945. La guerra acaba de finalizar. Vencido el ejército nazi, las brigadas judías al servicio de la Corona Británica obtuvieron el permiso de ir a reencontrarse con los familiares que, hasta ese momento, habían permanecido encarcelados en campos de concentración como Mauthausen o Auschwitz. No obstante, esa liberación, lejos de servir para poner punto y final a los horrores del conflicto, no hizo sino acrecentar el ánimo de las brigadas de devolver a los alemanes todos los horrores causados a la población judía de Europa.

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El ánimo revanchista fue avivándose con los meses hasta canalizarse en la concepción de dos planes terroristas que los Nakam, liderados por el poeta y guerrillero Abba Kovner, pondrían en marcha ese mismo año. El primero de ellos, mucho más ambicioso que el segundo, consistiría en envenenar el servicio de agua corriente de las ciudades alemanas de Berlín, Hamburgo, Núremberg, Múnich y Weimar, cuyas poblaciones, en suma, alcanzaban la cifra de seis millones de personas (similar al número total de muertos judíos durante los años de contienda). En segundo término, la célula terrorista se centraría en asesinar a los miembros de las SS encarcelados en varios centros de reclusión repartidos por toda Alemania.

Pero Kovner se encontró con la firme oposición de los altos cargos militares, de los que pretendía obtener ayuda para llevar a cabo sus actos de venganza. Asustados por la crudeza de sus ideas, trataron de convencerle de que la venganza no debía ser un ideal perseguido y que, atacando a la población civil alemana, no harían sino ponerse a la altura de los nazis. Pero la cerrazón del grupo era total: llegaron a considerar culpables a todos los alemanes, y a situarlos como objeto de atentado por el simple hecho de haber nacido en el país. Por ello, el líder de los Nakam fue encarcelado por las autoridades británicas, convencidas de que, descabezado el comando, sus planes quedarían automáticamente suspendidos.

No fue así: dada la dificultad de poner en marcha el primer plan, para el que se necesitaba organizar una infraestructura organizacional compleja y contar con enormes cantidades de veneno, los guerrilleros judíos decidieron centrarse en el segundo, poniendo en el punto de mira a los altos cargos de las SS retenidos en la cárcel alemana de Langwasser, en Núremberg. El plan era sencillo: bastaría con envenenar su comida para acabar con ellos y, de este modo, devolver, aunque en una proporción menor a la ansiada, el daño causado a los judíos.


La noche del 13 de abril de 1946, y tras haberse infiltrado en el centro de reclusión, un grupo de miembros del Nakam untaron con arsénico las barras de pan que se servirían ese día en el comedor. El efecto fue casi inmediato: cientos de oficiales nazis comenzaron a sentir fuertes dolores y fueron inmediatamente hospitalizados y sometidos a limpiezas de estómago, sin dar resultado para muchos de ellos, que morirían envenenados días después. Aunque se desconoce el alcance del atentado, se puede aventurar que un gran número de reclusos cayó a consecuencia del acto terrorista.
La de los Nakam es una historia silenciada. Poco o nada se conoce de la verdadera relevancia de sus actos de represalia contra los nazis, aunque sí se sabe a ciencia cierta que sus ansias de venganza sólo conocieron los límites que otros se encargaron de imponerles. Un ejemplo más de que el hombre, cuando está cegado por todo el odio que cabe en la ley del 'ojo por ojo', es capaz de realizar actos tan o más crueles que la misma barbarie que ha dado pie a ese sentimiento.

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