LA MUJER EN LA HISTORIA MILITAR

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Damas Legionarias
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lunes, 18 de marzo de 2019

CINCO DE LAS MEJORES ESPÍAS SOVIÉTICAS

18 FEBRERO 2016

LAS 5 MEJORES ESPÍAS SOVIETICAS

ALEXANDER KOROLIOV

Recordamos a una serie de mujeres que estuvieron en el KGB durante la primera mitad del siglo XX.


Nadezhda Plevítskaia

Cantaba con el acompañamiento del compositor Serguéi Rajmáninov y el zar Nicolás II la llamó “ruiseñor de Kursk”. Esta joven campesina pasó de ser monja a una de las cantantes más famosas de su época. Tras emigrar a causa de la Revolución de 1917se casó con el general zarista Nicolái Skoblin.
En 1931 ambos fueron reclutados por el servicio de inteligencia soviético. Durante seis años facilitaron información sobre los exiliados rusos en Europa. Su mayor operación fue el secuestro del general Evgueni Míler en 1937 en París.
Lograron con astucia que el dirigente de la organización militar de emigrantes más grande de entonces acudiera a un encuentro con diplomáticos alemanes, que en realidad eran otros agentes soviéticos. Adormecieron al general y lo llevaron a Rusia por vía marítima.
Sin embargo, antes de acudir a la reunión Míler dejó escrita una carta y descubrieron a los espías. Skoblin huyó a España, donde pronto murió. Plevítskaia fue detenida y condenada a 20 años de trabajos forzados. Murió en prisión, en la ciudad francesa de Rennes en 1940.


Zoya Voskresénskaia
Foto: Vladímir Savostiánov

En 1929, con tan solo 22 años, empezó a trabajar en el Departamento de Exterior del Directorio Político Unificado del Estado. La guapa joven fue enviada poco después a Ginebra para ser amante de un general alemán.
Más tarde recordó: “Iré y seré su amante, si es necesario. Luego me mataré. Después de eso dejaron de ofrecerme propuestas de ese tipo.” En la década de los 30 trabajó en Manchuria, Letonia, Alemania y Austria. A principios de junio de 1941, en calidad de oficial de la Sociedad de Relaciones Culturales con Países Extranjeros, la espía asistió a una recepción en la Embajada de Alemania en Moscú, donde fue invitada a bailar un vals con el conde Friedrich Werner von der Schulenburg.
Zoya descubrió que habían preparado un gran número de maletas. Informó de que los alemanes hacían preparaciones apresuradas para evacuar la embajada pero ignoraron su mensaje.
Tras retirarse en 1955 llegó a ser una famosa escritora  de libros infantiles y nadie sabía nada acerca de su vida anterior. En 1990 fue denunciada en una entrevista por el jefe de KGB, Vladímir Kriuchkov.


Margarita Koniónkova
Albert Einstein, E. Einstein y Koniónkov en el jardín de la casa de los Einstein en Princeton en 1935. Foto: TASS

El escultor Serquéi Koniónkov se trasladó a Nueva York con su esposa Margarita en 1923 para participar en una exposición de arte soviético. El viaje acabó durando 22 años: El “Rodin ruso” trabajaba mientras que Margarita abrió un estudio en Greenwich Village en donde conversaba con los políticos estadounidenses más importantes y con sus esposas.
Conoció personalmente a la primera dama Eleanor Roosevelt y tenía acceso a la Casa Blanca. Su objetivo principal fueron los científicos encargados de desarrollar armas nucleares. Margarita era amiga del “padre de la bomba atómica” Robert Oppenheimer y en 1935 conoció a Albert Einstein.
A juzgar por las apasionadas cartas del científico, Koniónkova llegó a ser su último amor. La agente logró reclutar a varios físicos nucleares estadounidenses.
Además, gracias a ella Einstein se reunió con el encargado del espionaje soviético residente en Nueva York. En 1945 los Koniónkov fueron deportados a Rusia. Margarita  murió en 1980.


Elena Modrzhínskaia

A finales de 1940 en una estación de tren de la ocupada Varsovia una mujer que acababa de salir del tren se abalanzó sobre los brazos de un hombre con un ramo de flores. El diplomático soviético, Iván Vasíliev (cuyo nombre real era Piotr Gudímovich) recogía a su supuesta esposa Maria, pero en realidad se veían por primera vez. Ella era la agente Elena Modrzhínskaia.
El objetivo principal de la pareja era descubrir los planes de Alemania respecto a la URSS. El 22 de junio de 1941, un día después del ataque nazi a la URSS, ambos fueron detenidos, ya que a la Gestapo le parecía sospechoso un matrimonio tan agradable. Los interrogatorios no dieron resultados y los cónyuges, así como otros diplomáticos, fueron intercambiados por alemanes detenidos en Moscú. Más tarde, tras su regreso a la URSS, la pareja se casó.


Anna Kamáieva Filonenko
Foto: IvanFM/Wikipedia.org

En otoño de 1941 en el destacamento de operaciones especiales del Comité de Asuntos Internos, donde trabajaba Anna Kamáieva, se entrenaba un grupo de agentes para contrarrestar posibles acciones de los nazis en Moscú.
Anna desempeñaba un papel especial: debía realizar asesinar a Hitler en caso de que fuera necesario. Moscú se defendió y Kamáieva fue enviada a la retaguardia alemana para llevar a cabo actividades subversivas.
En octubre de 1944 fue enviada a México, donde preparaba una operación para liberar de prisión al asesino de Trotski, Ramón Mercader, pero la operación se canceló en el último momento.
Después de la guerra se casó con un agente de inteligencia militar, Mijaíl Filonenko, con quien pasó 12 años en el extranjero y trabajaron juntos como agentes. Primero en Checoslovaquia, luego en China, y desde 1955 en Brasil, donde establecieron una red de agentes secretos.  
Lea más:
Un micrófono oculto en el despacho del embajador de EE UU, antenas en Cuba y escuchas a Franklin D. Roosevelt
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miércoles, 13 de marzo de 2019

JÓVENES MIEMBROS DE LA RESISTENCIA HOLANDESA SEDUCIÁN A LOS ALEMANES PARA LUEGO ACABAR CON ELLOS


Las niñas de la Resistencia que asesinaban nazis tras prometerles sexo: «Era un mal necesario»

Las jóvenes miembros del Raad van Verzet holandés seducían a los germanos, se los llevaban a dar un «paseo por el bosque» y acababan con ellos por sorpresa

 Resultado de imagen de LA CHICA DEL PELO ROJO II GM

Manuel P. VillatoroManuel P. VillatoroActualizado:Los meses finales de 1944 no fueron los mejores para los soldados nazis destinados en Holanda. Tenían razones para estar preocupados. Mientras el Reich caminaba sin premura (aunque sin descanso) hacia la debacle, una parte de los Países Bajos ya había sido liberada por los aliados y el invierno azotaba con dureza la región. Por si no hubiera ya suficientes razones para preocuparse, la leyenda de la «chica del pelo rojo» se había extendido entre los combatientes. El mito hablaba de una joven de cabello cobrizo que acababa con la vida de los teutones sin piedad alguna y por sorpresa. Parecía que cualquier momento era bueno para caer en las redes de este desconocido diablo carmesí.

¿Había en realidad para tanto? Lo cierto es que sí. Pero no solo por la «chica del pelo rojo» (cuyo nombre verdadero era Hannie Schaft), sino también por las dos lugartenientes con las que contaba esta guerrillera: Freddie y Truus Oversteegen. Las tres formaban una suerte de comando especial que dependía del Raad van Verzet (RVV, la cúpula de la Resistencia holandesa) con un curioso cometido: seducir a soldados nazis en bares y cafés para acabar con su vida en cuanto se hallaran en un lugar apartado. El dato ya sería truculento de por sí, pero lo más llamativo es que las nombradas hermanas apenas sumaban 14 y 16 años durante aquellos tristes días de la Segunda Guerra Mundial. Mención aparte requieren sus misiones de sabotaje perpetradas durante la contienda.

Este grupo, ya famoso gracias a múltiples libros y largometrajes, volvió a ser alumbrado por los focos de la actualidad hace apenas unos meses (en septiembre de 2018, para ser más concretos) cuando los medios de comunicación informaron de que la última de sus integrantes, la en su momento pequeña Freddie, había fallecido a los 92 años. Poco antes, en una de sus últimas entrevistas, la veterana había dejado claro que no se arrepentía de sus actos. «Teníamos que hacerlo. Era un mal necesario. Nadie debería preguntarle a un soldado por sus actos en la guerra», explicó. En el mismo encuentro también reiteró su desprecio hacia aquellos que «traicionaban» a sus compatriotas; sujetos a los que también daban caza en las afueras de Amsterdam.

Niñas «deseadas»

La historia de este trío se ha convertido en una de las más famosas de la Resistencia holandesa durante la Segunda Guerra Mundial. Una suerte de película cuya protagonista principal suele ser Freddie debido a que su caso fue el más llamativo. Sus vivencias en los Países Bajos teutones han sido narradas de un millón de formas. Sin embargo, ella misma separó el mito de la realidad en una entrevista concedida en 2016 al medio en línea «VICE Netherlands». Sus respuestas no tienen desperdicio y, por descontado, muestran la rudeza de una dama que empezó a combatir cuando apenas superaba las 14 primaveras. «Un hombre que llevaba un sombrero se acercó a la puerta y le preguntó a mi madre si podía reclutarnos. Ella estuvo de acuerdo», afirmó la anciana.

Es imposible saber por qué su madre accedió a una petición de este calibre. Aunque lo cierto es que a Freddie no le pareció raro ya que, desde el principio de la contienda, había visto a su progenitora esconder a varias familias judías dentro de su casa: un viejo bajel en el que apenas cabía un alfiler. «Antes de que comenzara la guerra en los Países Bajos, cuando todavía vivíamos en el barco, escondimos algunas personas de Lituania en la bodega. Durante la guerra una pareja judía vivió con nosotros, por lo que mi hermana y yo sabíamos lo que pasaba», explicó. Y todo ello, a pesar de que, desde su más tierna infancia, habían sido educadas en la ideología comunista y aquellos sujetos «eran capitalistas».
Freddie , durante una de sus entrevistas hace apenas unos años
Freddie , durante una de sus entrevistas hace apenas unos años
Quizá por ello, y sin mediar palabra, tanto Freddie como su hermana Truus partieron con aquel misterioso sujeto. Un miembro de la Resistencia que no les prometió oro, pero sí dotarlas de las capacidades necesarias para acabar con el invasor. La pequeña creyó, como ella misma recordó, que comenzarían «una especie de entrenamiento secreto». Y en cierto modo así fue. «El hombre que llamó a nuestra puerta dijo que recibiríamos entrenamiento militar, y nos enseñaron una o dos cosas». Entre ellas destacaron los ejercicios de tiro y la orientación, dos pilares clave para sus futuras misiones. «Alguien nos enseñó a disparar y aprendimos a marchar en el bosque», se limitó a responder la más joven de las Oversteegen.

Con todo, la realidad es que la Resistencia holandesa no pensaba en ellas como asesinas de nazis. «En principio, no nos permitían estar en el bosque cuando había asesinatos. Sentían que no era algo que las chicas deberían ver», añadió Freddie.

Hace tres años, la anciana recordaba todavía la que fue una de sus primeras misiones: vigilar mientras su hermana lograba convencer a un destacado oficial nazi de que se fuera con ella. «Truus le encontró en un bar caro, le sedujo y luego le llevó a pasear por el bosque. Le dijo algo así como: “¿Quieres ir a pasear?”. Y, por supuesto, él quiso», añadió. Después de conseguir que saliera del lugar, otro miembro del grupo les interceptó en el bosque y disparó por la espalda al germano. «El hombre nunca supo qué le golpeó», señaló a «Vice» la mujer. Ella siempre se sintió orgullosa de haber colaborado en esta operación.

El terror nazi de Holanda

Truus y Freddie pronto fueron encuadradas con cinco chicas más, Y entre ellas destacaba Schaft. Todas ellas recibían órdenes del Raad van Verzet (el Comité de la Resistencia). Más conocido como RVV, este grupo se caracterizaba por mantener lazos ideológicos con el Partido Comunista holandés. «Era un grupo de la Resistencia que utilizaba explosivos y armas para combatir a los invasores alemanes», explica la historiadora Kathryn J. Atwood en su obra « Heroínas de la Segunda Guerra Mundial, 26 historias de espionaje, sabotaje, resistencia y rescate».
Hannie Schaft
Hannie Schaft
Esta misma autora es partidaria también de que las mujeres eran muy requeridas entre los partisanos debido a que los soldados alemanes no solían detenerlas ni registrarlas cuando viajaban en bicicleta. Una pequeña ventaja que les permitía trasladar armas y explosivos de un lado a otro sin que nadie se percatase de ello.

Nuestras protagonistas, sin embargo, consiguieron romper los arquetipos de la época y lograron que los hombres les permitieran tomar las armas en favor de su país. «No era frecuente que las mujeres de la Resistencia holandesa se implicaran directamente en el uso de explosivos y armas, pero Hannie, junto a las hermanas Truus y Freddie Oversteegen, comenzó a llevar a cabo sabotajes y asesinatos para el RVV», añade la experta.

Los objetivos principales de los miembros del RVV (y por tanto, de nuestro comando femenino) eran dos. En primer lugar, los altos cargos nazis destinados en Holanda. Y es que ya se sabe: la serpiente deja de ser peligrosa si es decapitada. No obstante, también dedicaban grandes esfuerzos para desenmascarar a los miembros del Movimiento Nacionalsocialista de los Países Bajos (NSB, por sus siglas en el idioma local). Razones tenían de sobra para querer acabar con ellos, pues eran holandeses que se encargaban de localizar a los posibles disidentes y entregarles después a las autoridades nazis. De hecho, también era tristemente habitual que participaran en las torturas a los reos.

Saboteadoras y seductoras

Dentro ya del RVV, nuestras tres protagonistas comenzaron su particular cruzada contra los germanos. Según explica el instituto « Smithsonian» en su obituario sobre Freddie, las chicas se hicieron especialistas en seducir a los nazis de las afueras de Amsterdam para, posteriormente, asesinarles en el bosque. «Las niñas atrapaban a sus objetivos coqueteando con ellos en los bares y pidiéndoles que las acompañaran a dar un paseo. Una vez que estaban fuera y llegaban al lugar, eran fusilados», desvela la reputada institución.

En este punto existen dos versiones. Las que afirman que las pequeñas eran las encargadas de quitarles la vida, y las que creen que de esta cruel tarea se encargaban los hombres.

La incógnita sigue, aunque la propia Freddie desveló en el diario holandés «IJmuider Courant» que había acabado con varios nazis a lo largo de su vida como partisana. «Yo misma he disparado un arma y los he visto caer. ¿Qué había dentro de nosotras en un momento así? Simplemente te gustaría ayudarles a levantarse», afirmó. En todo caso, la joven de las hermanas reconoció en vida que ambas «lloraron mucho» por tener que hacer aquello, aunque también reiteró en multitud de ocasiones que era casi una necesidad. Debían acabar con el enemigo. «Teníamos que hacerlo. Era un mal necesario. Nadie debería preguntarle a un soldado por sus actos en la guerra», incidió.
Soldados alemanes en Holanda
Soldados alemanes en Holanda
Tras la guerra, Freddie matizó para «Vice» que, a pesar de lo que se cuenta, lo más habitual era que ella fuera la encargada de engatusar a los hombres. «Cuando éramos pequeñas ella siempre decía: “Esta es mi bella hermana”. Eso era verdad. Ella era una niña fea, pero era la valiente de las dos», explicó. En sus palabras, formaban un buen equipo. «Era muy buena para hablar en público, algo que le fue muy útil también después de la guerra. Siempre se sabía los discursos de memoria. Nunca necesitó ningún apunte», completó.

Sin embargo, su larga lista de acciones contra el nazismo no se quedaba en ese punto. En las páginas que el « Washington Post» dedicó a Freddie tras su muerte se especifica también que dinamitaron puentes, «dispararon a los alemanes mientras conducían bicicletas» y se disfrazaron para ayudar a huir a muchos niños judíos de Holanda. Por descontado, también hicieron las veces de correo y transportaron armas de un lado a otro de la región sin levantar sospechas.

Aunque, como ellas mismas reconocieron, no eran asesinas sin corazón. En una ocasión, por ejemplo, recibieron la orden de raptar a los hijos del Comisionado del Reich en la región, Seyss-Inquart. La idea era intercambiarlos por algunos presos de la Resistencia que habían sido enviados a diferentes campos de concentración. Ellas se negaron, pues sabían que, si los germanos se negaban a cumplir sus deseos, tendrían que matar a los pequeños. «No somos Hitleritas. Los combatientes de la Resistencia no asesinan a niños», respondieron decididas.
«Cuando éramos pequeñas ella siempre decía: “Esta es mi bella hermana”. Eso era verdad. Ella era una niña fea, pero era la valiente de las dos»
Por desgracia, la tragedia sacudió a estas tres chicas en marzo de 1945, durante una misión que parecía como cualquier otra. En la tarde del día 21, Hannie (que se había teñido el pelo de negro para no llamar la atención de sus enemigos), transportaba un paquete con periódicos clandestinos cuando un grupo de soldados teutones le dio el alto en un control de Haarlem. La pintura de la cabellera no la salvó. Fue capturada, interrogada y torturada con el objetivo de que desvelara dónde diantres se hallaban sus colaboradoras. No lo hizo. Su lealtad fue absoluta. Aunque eso le costaría la vida.
«El 17 de abril de 1945, tres semanas antes de la liberación de los Países Bajos, Hannie Schaft fue llevada hasta las dunas de arena cercanas a Bloemendaal. Un oficial alemán de la SS le disparó, pero solo le rozó la sien. “¡Yo soy mucho mejor tiradora!”, le espetó Hannie. Entonces, un agente del NSB sacó una ametralladora y abrió fuego. Hannie estaba muerta. Su cuerpo fue enterrado a poca profundidad. Tras la guerra, los cuerpos de más de 400 resistentes fueron encontrados en esas dunas, todos hombres salvo una mujer: Hannie Schaft», añade la autora.

La «Chica del pelo rojo» se convirtió desde ese momento en una leyenda para la Resistencia holandesa. Truus, por su parte, dedicó su vida adulta a trabajar como artista y a elaborar esculturas inspiradas en su etapa como guerrillera. Murió en 2016. Freddie pasó sus traumas «casándose y teniendo bebés». Falleció en 2018, y con ella se marchó uno de los últimos testigos del RVV.

sábado, 2 de marzo de 2019

LYUDMILA PAVLICENKO UNA HISTORIA CON CLAROS Y OSCUROS


Lyudmila Pavlichenko: la oscura verdad tras la francotiradora de Stalin que asesinó a 300 nazis en la IIGM

Los líderes de la U.R.S.S., ávidos de heroínas a las que vanagloriar, encumbraron las hazañas bélicas de esta tiradora. Sin embargo, para algunos autores en su historia hay más leyenda que verdad.

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Manuel P. VillatoroManuel P. VillatoroActualizado:La línea que separa la leyenda de la realidad es tan fina como el surco que crea en el aire un cartucho al salir despedido desde un fusil. Por si fuera poco, se difumina exactamente igual que él para conformar un todo. Una mezcolanza de verdad y mentira que queda grabada a fuego en la historia. Y eso es -precisamente- lo que ha ocurrido con las peripecias de la ucraniana Lyudmila Pavlichenko, conocida por ser una de las francotiradoras más letales del Ejército Rojo.

Oficialmente, el gobierno de Iósif Stalin la encumbró como una heroína que segó la vida de exactamente 309 nazis. Sin embargo, sus hazañas bélicas se debaten entre la realidad y las exageraciones fabricadas por un país que, en plena Segunda Guerra Mundial, buscaba desesperadamente referentes para motivar a sus soldados.

Vasili Záitsev, Tania Chernova... La lista de tiradores de élite cuyas andanzas fueron exageradas por la U.R.S.S. no es precisamente escasa. Al primero, por ejemplo, sus críticos le acusan de haberse inventado el duelo que mantuvo al final del conflicto con un experto francotirador nazi para exacerbar las capacidades de los soldados soviéticos. A la segunda, por su parte, le fueron atribuidas 80 bajas en apenas tres meses, cifras que algunos analistas consideran excesivas.

Por todo ello, no es raro que la mirada de historiadores actuales como Lyuba Vinogradova se cierna ahora de forma inquisitoria sobre Pavlinchenko. Una heroína cuya cuya historia está plagada de inexactitudes e incongruencias. Al menos, según afirma la propia autora en su nueva obra: «Ángeles vengadores» (Pasado y Presente, 2017). Un extenso y concienzudo análisis del papel de las francotiradoras soviéticas en la Segunda Guerra Mundial.

Se forja la leyenda

El autor Henry Sakaida afirma en « Heroines of the Soviet Union» (Osprey, 2003) que nuestra protagonista llegó al mundo con el nombre de Lyudmila Mikhailovna el 12 de julio de 1916 en «el pueblo de Belaya Tserkov», ubicado en Kiev (Ucrania). «De carácter terco e independiente, la dotada estudiante acabó el noveno grado en la escuela de su ciudad», añade el experto. Aproximadamente a los 15 años su vida cambió radicalmente, pues tuvo un hijo llamado Rostilav que -en palabras de Vinogradova- destrozó su matrimonio con el estudiante Alekséi Pavlichenko.

«De resultas del escándalo, su familia tuvo que trasladarse a Kiev desde la modesta ciudad de Bélaia Tsérkov», explica la autora en su nueva obra. Posteriormente, y según la versión más extendida, compaginó sus estudios con un trabajo de pulidora en una fábrica gracias a que un familiar se encargó de criar a su pequeño.

Pero... ¿Dónde aprendió a disparar? ¿Cómo logró adquirir esa puntería que, años después, la convertiría en una de las francotiradoras más famosas de la historia de la U.R.S.S.? Según explicó ella misma en sus memorias, empezó a convertirse en una tiradora sobresaliente en la asociación deportiva cuasi militar Osoaviajim.

Alistamiento

En 1941, cuando Adolf Hitler lanzó la Operación Barbarroja (el ataque masivo sobre la U.R.S.S. tras un gigantesco bombardeo de la Luftwaffe), Pavlinchenko tenía 24 años y se encontraba estudiando historia en la Kiev State University. Por entonces Iósif Stalin todavía no había llamado al combate a las mujeres. Sin embargo, ella decidió presentarse en una oficina de reclutamiento para enfrentarse al invasor germano. La situación asombró a los militares, que le ofrecieron varios trabajos que creían más apropiados para una mujer.

«Ella tenía otras ideas. Había recibido entrenamiento militar básico en una escuela de Kiev y había ganado la Insignia de Tiradora de Voroshilov en torneos regionales», explica el divulgador Charles Stronge en « Sniper in Action: History, Equipment, Techniques» (Amber Books, 2010).

La ucraniana estaba tan empeñada en luchar que el reclutador le hizo una prueba de puntería. Examen que la futura heroína de la Unión Soviética superó sin problemas. Con todo, aquella situación se le quedó grabada en la memoria, como demostró en sus memorias: «Accedí al Ejército cuando las mujeres todavía no estaban aceptadas […] Tuve la opción de convertirme en enfermera, pero la rechacé».
Lyudmila Pavlichenko
Lyudmila Pavlichenko
A partir de entonces su historia comienza a debatirse entre la realidad y la falsedad. Ejemplo de ello es que la mayoría de autores suele dar un salto y ubicar a nuestra protagonista ya como francotiradora en la batalla de Odessa (región ubicada al sur de la actual Ucrania). Una contienda en la que las fuerzas de Rumanía (por entonces del lado nazi) asediaron durante más de dos meses la mencionada región.

«Sus habilidades como tiradora fueron rápidamente reconocidas y fue ascendida a francotiradora», explica el autor de «Sniper in Action: History, Equipment, Techniques». Sakaida es más específico y determina en su obra que nuestra protagonista entró en combate con la 25ª División de Infantería (la «V.I. Chapayev») «cerca de Odessa en agosto de 1941». Aunque también señala que como tiradora de élite.

Primeras bajas

Pavlichenko se cobró sus dos primeras víctimas cerca de la ciudad de Belyayevka (ubicada aproximadamente a 50 kilómetros de Odessa) cuando su unidad recibió la orden de defender una colina. A partir de entonces, y en palabras de Sakai, el número de «fascistas» con el que acabó en la mencionada contienda ascendió rápidamente... ¡hasta 187! Todo ello, según sus biógrafos, en apenas diez semanas y tras sufrir dos conmociones cerebrales y una herida menor.

Al parecer, y según Stronge, la francotiradora comenzó la guerra utilizando el clásico fusil soviético Mosin-Nagant equipado con una mira telescópica de 4 aumentos. Sin embargo, pronto apostó por usar el Tokarev SVT-40 semi automático. Arma de la que se fabricaron miles al comienzo de la contienda, pero que dio multitud de problemas por ser difícil de mantener en el campo de batalla. Sakai no hace referencia al primer arma de Pavlichenko, aunque sí explica que prefería el Tokarev debido a que no había que amartillarlo tras cada disparo.

No le falta razón al experto, pues en una buena parte de las imágenes de la mujer que han sobrevivido al paso del tiempo se la puede ver con dicha arma.

Sebastopol

Tras la caída de Odessa, el Ejército Marítimo Independiente -en el que se encontraba encuadrada Pavlichenko- fue trasladado hasta Sebastopol, donde la francotiradora combatió hasta la extenuación. En esta posición estuvo ocho meses. Semanas más que duras en las que demostró su pericia y su resistencia aguantando las bajas temperaturas y comiendo insectos.

Fue durante su estancia en Sebastopol cuando Pavlichenko comenzó a hacerse un hueco entre los mejores tiradores del Ejército Rojo. Según su biografía, fue precisamente en esta ciudad donde mantuvo decenas de duelos con francotiradores nazis enviados específicamente para acabar con ella.
«En uno de aquellos enfrentamientos tuvo que permanecer 24 horas tumbada en la misma posición mientras acechaba a un enemigo cauteloso. Cuando, al amanecer del segundo día, consiguió al fin ponerlo en su mira y abatirlo, tomó de su cadáver no solo el fusil, sino también su diario de víctimas, que la informó de que había comenzado a servir de francotirador en Dunkerque y que […] había acabado ya con 500 soldados y oficiales», explica Vinogradova.
Lyudmila Pavlichenko
Lyudmila Pavlichenko
Pero este no fue su único duelo contra los francotiradores germanos. El más famoso fue uno narrado en una revista soviética. Según el mencionado reportaje, con el que Pavlichenko saltó a la fama, nuestra protagonista se topó en una ocasión con un observador alemán experto que se había ocultado en unos arbustos. Sin dudarlo, comenzó a acecharle para acabar con él. No le resultó fácil, pues el nazi utilizó contra ellas todos los trucos que conocía. El primero fue colocar un casco sobre un palo y levantarlo para que la joven hiciese fuego y desvelase su posición. Ella no cayó en la trampa.
Siempre según el artículo, el francotirador hizo entocnes corretear cerca de él a un gato y a un perro para distraer a la chica. «Una cosa así no es habitual, y cualquier francotirador sin experiencia podría haberse dejado distraer y haber permitido al observador enemigo hacer su trabajo entretanto», se explicaba en el texto.
La última artimaña del francotirador nazi fue la que le costó la vida. Desesperado por descubrir dónde diantres se ubicaba su enemiga, fabricó un muñeco falso ataviado con el equipo de un soldado alemán y lo alzó sobre los arbustos. Aquello le llevó a la tumba. «Así reveló la posición del alemán y le hizo saber que en breve se haría visible», explica Vinogradova en su obra. Finalmente, la mujer disparó cuando vio el destello de unos binoculares... y acabó con el soldado.

Todas estas bajas hicieron a Pavlichenko famosa entre los mandos nazis. La leyenda afirma que, a partir de entonces, no era raro escuchar en medio del campo de batalla a los germanos pidiéndole que cambiara de bando a cambio de todo tipo de lujos. A su vez, la tiradora de élite también señaló que, después de ser ascendida a teniente, recibió la órden de seleccionar y entrenar a una unidad de francotiradores de la boca del mismísmo general Iván Petrov.

La leyenda que generó a su alrededor esta francotiradora no tuvo límites. No en vano la misma Pavlichenko solía reiterar que despertaba auténtico pavor en los nazis. Algo lógico pues, allá por junio de 1942, ya había acabado con 309 enemigos. Entre ellos, un centenar de oficiales y entre 33 y 36 francotiradores germanos (atendiendo a las fuentes).

Final y comienzo

Con todo, ni los duelos ni las bajas le valieron para evitar la mala suerte. En junio de 1942 un disparo de mortero le provocó heridas tan severas en la cara que tuvo que ser evacuada del frente en submarino. Una medida jamás vista hasta entonces. Por esas fechas, y según sus palabras, los alemanes ya habían amenazado con asesinarla y desmembrar su cuerpo exactamente en 309 trozos como venganza por sus compañeros caídos.

Jamás lo conseguirían ya que, tras una ardua recuperación, la U.R.S.S. decidió que Pavlinchenko era un icono demasiado valioso y prohibieron a la francotiradora volver a los campos de batalla. Todo ello, tras otorgarle la estrella dorada de Heroína de la Unión Soviética el 16 de julio de 1942.
Pavlichenko realizó varias visitas a los países aliados de la U.R.S.S. para demostrar las bondades de los francotiradores soviéticos. La más famosa de ellas se sucedió a finales de agosto de 1942, fecha en la que acudió a Estados Unidos junto al también tirador de élite Vladimir Pchelíntsev. «¿Por qué se eligieron a dos tiradores de precisión, en lugar de a dos pilotos o dos comandantes de carros de combate? […] Porque los francotiradores eran algo de lo que presumir. Los alemanes los temían, y la prensa soviética les dedicó una buena parte de su atención», añade Vinogradova.
Francotiradoras soviéticas
Francotiradoras soviéticas - ABC
En Estados Unidos, Pavlichenko dio todo tipo de charlas y respondió a preguntas más que incómodas hechas por periodistas poco escrupulosos. Algunas tan atrevidas para la época como «¿Qué ropa interior prefiere la señorita Pavlichenko y de qué color le gusta más?» o «¿Se pintan los labios las chicas que sirven en el frente?». Según narró su compañero Pchelíntsev posteriormente, la joven -de apenas 26 años- supo salir airosa de estas cuestiones y causó una grata impresión en los reporteros.
Posteriormente, fue recibida también por el presidente Franklin D. Roosevelt y su esposa en la Casa Blanca. Así se pudo leer en varios artículos publicados el 29 de agosto: «La teniente de 26 años Liudmila Pavlichenko, cautivadora princesa guerrera que posee la marca individual más alta entre los mejores francotiradores del Ejército Rojo, hizo ayer dos cosas que nunca habría podido imaginar […]: llegar a Washington y convertirse en la primera amazona soviética en visitar la capital […] y pasar la noche en la Casa Blanca en calidad de invitada del presidente Roosevelt y la primera dama estadounidense».

Como curiosidad, durante aquellas jornadas conoció incluso a Charles Chaplin, quien dijo de ella lo siguiente: «Es increíble que estas manitas hayan matado nazis, hayan segado sus vidas por centenas sin fallar».

Ya en la U.R.S.S., Pavlichenko terminó sus días graduándose en la universidad de Kiev. Sin embargo, no ejerció ni como historiadora, ni como instructora de tiro de precisión tras la Segunda Guerra Mundial. «Trabajó en el cuartel general de la armada y, más tarde, en el comité de veteranos de guerra sin causar, a todas luces, una gran impresión en ninguno de ellos», completa la autora. Falleció el 10 de octubre de 1974.

Las 10 mentiras de Pavlichenko

1-La baja número 300
En sus memorias, Pavlichenko afirma que su baja número 300 la llevó a cabo el 12 de julio de 1942 (el día de su cumpleaños). Más concretamente, afirma que fue un regalo que se hizo a sí misma en Sebastopol. Sin embargo, el gobierno soviético confirmó que la ciudad se había perdido el día 3 de ese mismo mes. Por lo tanto, es imposible que acabara con su objetivo aquella jornada. Por si fuera poco, la versión más extendida es que los servicios sanitarios la sacaron de allí... ¡en junio de 1942!
2-El número de muertos
Pavlichenko reiteró en varias ocasiones que los nazis habían prometido despedazarla en 309 trozos para vengarse de sus compañeros caídos. Algo imposible debido a que, como explica Vinogradova, es muy probable que no acabara con tantos enemigos y que los datos fuesen conocidos en apenas días por los nazis.
3-Perros y gatos contra francotiradores
El primer informe que habla de Pavlichenko en la prensa afirma que un francotirador nazi utilizó animales para tratar de distraerla. Algo sumamente extraño en la época. «Todo apunta a que este es el único caso conocido de uso de perros y gatos a modo de defensa frente a un francotirador», destaca la autora.
4-Líder de francotiradoras
Pavlichenko señaló que el general Iván Petrov le ordenó que liderase una sección de francotiradores entrenados por ella misma entre 1941 y 1942. Algo que Vinogradova considera imposible: «El Ejército Rojo no contaba aún con unidades así. Además, Pavlinchenko acabó su servicio en el frente con el grado de subteniente, con el que habría podido comandar, a lo sumo, un pelotón», señala Vinogradova.
Lyudmila Pavlichenko
Lyudmila Pavlichenko
5-Pelotones contra su unidad
La ucraniana explicó que los nazis enviaron en una ocasión a un grupo de expertos francotiradores para acabar con su unidad. Vinogradova señala que eso es algo imposible debido a que, durante los años en los que esta mujer estuvo en el frente, los tiradores de élite germanos trabajaban de forma aislada y eran sumamente escasos.
6-Las condecoraciones
Las condecoraciones podrían desvelar la verdadera historia de Pavlichenko. En palabras de Vinogradova, es sumamente extraño que no recibiera ninguna medalla en Odessa a pesar de que acabó con 187 enemigos.
«A los francotiradores les concedían una medalla por cada diez enemigos muertos o heridos, y la Orden de la Estrella Roja por cada veinte. Si causar setenta y cinco bajas bastaba para obtener el título de Héroe de la Unión Soviética, ¿cómo es que a ella no le dieron nada?», destaca la experta.
No le falta razón ya que, aunque obtuvo dos condecoraciones de suma importancia (la Orden de Lenin y la de Heroína de la U.R.S.S.), las recibió después de ser herida y evacuada en 1942.
7-La herida en la cara
Pavlichenko afirmó que fue evacuada en submarino después de recibir una severa herida en la cara. Sin embargo, en las fotografías que se le hicieron después no se aprecia que tenga ninguna cicatriz en el rostro. Nada que ver con Simo Hayha.
8-La mujer que no disparó
Según Vinogradova, existe documentación que confirma que Pavlichenko rehusó hacer gala de su puntería durante su gira por Estados Unidos, algo que le solicitaban habitualmente los periodistas. Así pues, su compañero de viaje era el que solía asumir la responsabilidad de demostrar las habilidades de los tiradores de élite de Stalin. La mujer tan solo se dignó a ello en una ocasión, y Pchelíntsev dejó por escrito que el resultado fue «chapucero».
Pavlichenko, en una imagen a color
Pavlichenko, en una imagen a color
9-Los registros
En su biografía, Pavlichenko explica que siempre acaba sus duelos contra francotiradores enemigos de la misma forma: acercándose hasta su cadáver y recogiendo su documentación y su fusil tras derribarles.
Vinogradova considera esto fantasioso y contrario a la esencia misma de los tiradores de élite, quienes solo se acercaban a su víctima después de asegurarse (en ocasiones durante horas) de que no había enemigos que pudieran descubrirles en los alrededores. «Detalles como estos resultan inusuales en las relaciones que hacen otros francotiradores de sus operaciones», determina.
10-Su extraño final
También requiere una mención especial el que Pavlichenko no se dedicara a entrenar francotiradores tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, posteriormente pasó por el ejército sin pena ni gloria.

martes, 26 de febrero de 2019

HILDA KRÜGER, ACTRIZ Y ESPÍA NAZI

Hilda Krüger

Bandera de Deutsches Reich (1939-1945)

Hilde Krüger
Katerina Matilda Krüger, nació en Berlín, Alemania en 1912.  Desde muy niña demostró cualidades histriónicas y por ello su familia la apoyó siempre para que siguiera una carrera en el teatro.
Tomó el nombre de Hilde Krüger cuando hizo sus primeros intentos para trabajar en el cine.  No le costó mucho esfuerzo y muy pronto encontró los medios para acercarse a las empresas cinematográficas y obtuvo algunos papeles irrelevantes como extra y papeles secundarios en "Nur nicht weich werden, Susanne!" filmada en 1934; "Halb und halb" y "Frau Eva wird mondain!", en 1934.  Luego logró un contrato para filmar la película "Sie und die Drei" en 1935.  La película fue exportada a Estados Unidos con el nombre "She and the three" subtitulada en inglés, pero empleando un lenguaje no muy académico que se pueda decir.
Una vez en UFA, las cosas le fueron más fáciles a Hilde, pues el negocio del cine estaba muy ligado al Ministerio de Propaganda, desde donde el Ministro Goebbels ejercía un férreo control sobre la industria y una vigilancia estrecha sobre las artistas.  Hilde, una rubia de 1.75 m de estatura, voluptuosa y de generosas formas no era bonita, pero tenía mucho atractivo personal y resultaba muy apetecible por los hombres.  El Ministro Goebbels, que tenía los suficientes argumentos para convencer a cualquier fémina que le convenía tener buenas relaciones con él, no desaprovechó la oportunidad de apuntar un nombre más en su libretita de conquistas amorosas.
Hilde Krüger
Hilde era una mujer ambiciosa y no escatimaba ningún pequeño sacrificio con tal de obtener lo que ella quería.  Se convirtió en amante ocasional del poderoso Doctor Goebbels y con ello, aseguró su participación en varias otras películas de UFA.  En 1935 filmó "Eine seefahrt, die ist lustig" película que también fue exportada a EEUU donde se presentó con el título "A Merry Sea Trip" igualmente espantosamente subtitulada en inglés.  Luego actuó en "Lärm um Weidemann" y en "Stradivari", filmada ese mismo año y en el que hacía el papel de Irene Kardos.   Al año siguiente filmó "Inkognito", presentada como "Incognito" en Estados Unidos y el film "Das Hermännchen" donde interpretó a Hilde Brandt.  Completó el año 1936 filmando "Rosen und Liebe" haciendo el papel de Frau Gisela.
En el año 1938, filmó una sola película titulada "Frau kommt in die Tropen" interpretando a Marianne Carsten y en el año 1939, no le fue del todo mal pues estuvo en el elenco de dos películas, "Drunter und drüber" y "Rheinische Brautfahrt."
Stradivari
Hilde Krüger se casó con un alemán, que supuestamente tenía algunos antepasados judíos y eso le causó problemas en una época en que ser judío en Alemania era peor que un pecado mortal.  Cierto o no, súbitamente ocurrió un cambio en la vida de Hilde, pues repentinamente abandonó a su marido, se supone que se despidió de su poderoso amante el Dr. Goebbels, y viajó a Londres donde residió algunos meses, hasta antes del estallido de la guerra.  Luego decidió viajar a Estados Unidos para continuar su carrera cinematográfica en Hollywood.   Desembarcó en Nueva York, donde vivió un corto tiempo y luego tomó un tren con destino a Los Angeles.
En enero de 1940, Hilde Krüger se registró en el hotel Beverly Wilshire de Hollywood y permaneció en esa ciudad tratando de conseguir algún papel en alguna película, pero no tuvo mucha suerte.  Hilde sólo hablaba alemán y algo de inglés, pero no lo suficiente como para interpretar un papel en una película.  Sin embargo, todo ese tiempo se las arregló para sobrevivir pagando sus rentas puntualmente.
Muy hábil para las relaciones públicas, Hilde conoció a un industrial alemán de apellido von Gontard que tenía negocios en Saint Louis en el estado de Missouri.  Después de un corto romance con Gontard, Hilde viajó a México, según dijo, para tratar de conseguir la residencia en ese país y divorciarse de su esposo judío y así poder casarse con el industrial alemán de Saint Louis.
Hilde Krüger fue seguida muy de cerca por agentes de la OSS, que investigaban a todos los inmigrantes alemanes, en especial a los industriales y comerciantes y por supuesto a una artista como Hilde quien había tenido relaciones amorosas con el poderoso Doctor Goebbels, entre otros.
Seguida de cerca por la OSS, Hilde llegó a México, donde en corto tiempo se puso en contacto con Friedrich Von Schleebrugge y Georg Nicolaus, dos agentes de la Abwehr que estaban estableciendo una red de espionaje en ese país, con ramificaciones en Estados Unidos y toda América Latina.   La OSS y los servicios de inteligencia británicos tenían bajo vigilancia las actividades de los dos alemanes, que estaban conectados con agentes identificados en Estados Unidos y por supuesto Hilde tenía el perfil adecuado para ser considerada sospechosa de pertenecer a la red de agentes de la Abwehr.
Una vez establecida en México, Hilde comenzó a acercarse a los círculos sociales de la capital, asunto en el cual la hermosa alemana era una experta.  Muy pronto se incorporó a un círculo de personalidades prominentes muy cercanas al poder político.  Hilde regó los rumores que estaba escribiendo un libro sobre "La Malinche", nombre de una mujer indígena regalada a Cortés en 1519, con la cual tendría un hijo y se convertiría en su incondicional y consejera.  Luego Cortés la casó con uno de sus capitanes y desde entonces el término "malinche" es usado como símbolo del indio sojuzgado y traidor que prefiere lo extranjero sin valorar lo propio.
Hilde Krüger
Hilde hizo excursiones a Teotihuacán, conoció a productores de cine prodigando y obteniendo favores que le permitieron filmar algunas películas.   Para entonces cambió su nombre Hilde por el más adecuado y castizo de Hilda.  En 1941, en una de las múltiples fiestas y reuniones sociales, conoció a Ramón Beteta subsecretario de Hacienda y miembro del Consejo del Banco Nacional de México.  Beteta no se pudo resistir a los encantos de la imponente rubia y se hicieron amantes.  Gracias a Beteta, Hilda Krüger comenzó a participar en reuniones sociales de los altos círculos del poder en la capital azteca.
Las relaciones con Beteta no duraron mucho, porque en los trajines sociales, Hilda conoció a un personaje más poderoso, un alto personaje del gobierno corrupto de Ávila Camacho, se trataba nada menos de quien fue jefe de campaña presidencial del mandatario, el ministro Miguel Alemán.
Alemán mudó a Hilda a un lujoso departamento de la Colonia Roma, una aristocrática urbanización de los años 30, que a partir de los años 40, comenzó a deteriorarse, pues sus habitantes originales emigraron a nuevas zonas como Las Lomas de Chapultepec.  Entre los nuevos inquilinos, destacaban judíos ashkenasitas, árabes e inmigrantes del sureste mexicano.  La renta del inmueble la pagaba Alemán y con ese derecho ingresaba a las 11 de la noche y salía a las 4 de la mañana.
Durante ese tiempo Hilda mantuvo sus relaciones con productores de cine que le valieron un contrato para filmar "Casa de mujeres" en 1942, también conocida como "La historia de siete pecadoras".  Posteriormente, hacia fines de la guerra, continuó filmando "Adulterio" en 1943, exportada como "Adultery" subtitulada en inglés, dirigida por José Díaz Morales una obra basada en "El abuelo" de Benito Pérez Galdós.  Luego filmó "Bartolo toca la flauta" ese mismo año y "El que murió de amor", en el papel de la condesa Maria.
Después de la guerra, Hilda logró salir bien librada de las acusaciones que se hicieron en su contra pues no hubo pruebas convincentes para acusarla de espionaje.  En 1958 filmó en Alemania "Eine Rheinfahrt, die ist lustig", dirigida por Alwin Eling.
Después de ese efímero regreso al cine alemán, desapareció de la escena.   Si Hilde Krüger sigue viva, tiene en la actualidad 92 años viviendo con sus recuerdos.

miércoles, 20 de febrero de 2019

LIUDMILA PAVLICHENKO, LA FRANCOTIRADORA MAS LETAL DE STALIN

Así es la historia de la francotiradora más letal de Stalin

¿Leyenda o propaganda? Crítica publica las memorias de la mejor francotiradora rusa de la segunda guerra mundial. Luchó contra Hitler y abatió a 309 enemigos
Las memorias, contadas en primera persona, de la mejor francotiradora rusa de la segunda guerra mundial. Luchó contra Hitler abatiendo a 309 enemigos
Las memorias, contadas en primera persona, de la mejor francotiradora rusa de la segunda guerra mundial. Luchó contra Hitler abatiendo a 309 enemigos

¿Fue Liudmila Pavlichenko una leyenda alimentada por la propaganda soviética? ¿Era tan letal como se dijo? ¿Qué hubo detrás de la mujer con mejor puntería que sirvió a Stalin? Cuando Pavlichenko viajó a Washington en agosto de 1942 era la francotiradora más efectiva del ejército ruso. Con apenas 25 años, esta teniente del Ejército Rojo de Moscú había dado muerte a 309 personas, la mayoría de ellos nazis. Era, literalmente, una máquina de matar.
Muchas de estas preguntas encuentran respuesta en La francotiradora de Stalin, unas memorias escritas en primera persona por Pavlinchenko y que la editorial Crítica publica esta semana. Se trata de un libro directo, escaso de metáforas y mayores florituras, pero lleno de pasajes biográficos que se debaten entre el pensamiento militar y la autobiografía. La suya no es cualquier historia. Se trata de una vida que se mueve entre la hipérbole y la sencillez.
Con apenas 25 años, esta teniente del Ejército Rojo de Moscú había dado muerte a 309 personas. Era una máquina de matar
En junio de 1941, cuando Hitler invadió Rusia, Liudmila Pavlichenko dejó los estudios y se alistó en el ejército soviético, pidiendo ser destinada a la infantería y empuñar un rifle. Participó primero en la defensa de Odessa y más adelante en la batalla de Sebastopol. Alcanzó pronto el reconocimiento por su precisión de fuego. Fue enviada a Estados Unidos en representación del Alto Mando Soviético para tratar de lograr el apoyo del país en el frente de Europa occidental, abierto por los nazis en 1940 al invadir Noruega, Dinamarca
y Francia
Herida por fuego de mortero en junio de 1942, se la retiró del frente y viajó en misiones de propaganda a Canadá y a Estados Unidos, donde participó en numerosas ruedas de prensa, eventos políticos, se alojó en casa del presidente y entabló una sincera amistad con la primera dama, Eleanor Roosevelt. Acabada la guerra, concluyó sus estudios de Historia y, basándose en sus diarios de guerra, escribió estas memorias en que refleja la incertidumbre cotidiana del combate y sus experiencias personales, como su relación con el teniente Alexei Kitsenko, que se convertiría en su esposo.

Cogió un arma a los 14 años

Liudmila Pavlichenko era apenas una adolescente cuando cogió su primer fusil. Ocurrió en Kiev, el lugar al que se había mudado con su familia desde Bélaia Tsérkov, la pequeña localidad ucraniana donde nació. Había cursado apenas siete años de escuela y deseaba seguir estudiando, pero tuvo que comenzar a trabajar en la fábrica Arsenal. Una vez ahí, se alistó en el club de tiro. El instructor Fiódor Kushenko le enseñó lo básico: cómo sostener y recargar, cómo apuntar. Comenzó disparando a puerta cerrada y luego a campo abierto. Acumuló horas de entrenamiento e insignias que le permitirían avanzar en el tipo de arma y el calibre.

Cuanto más perfeccionara la técnica, más compleja sería el arma al que tendría acceso. Su entusiasmo por el tiro no parecía quitar el sueño a nadie en su familia, su pasión era vista como un deporte. Sus aptitudes, interés y conocimiento de la producción de armas, además de su entusiasmo político la llevaron a la escuela de francotiradores. Aprendió leyes de balística, cálculo de distancias, cómo y de qué forma puede desviarse una bala. Acabó sus estudios con notas sobresalientes. 
La guerra había estallado y ella, una francotiradora con altas y más que visibles credenciales, se incorporó a las filas del ejército soviético. Se separó de su hijo y se fue al frente, del que ofrece algunos detalles desde cotidianos y hasta pueriles como lo delicioso que resultaban los desayunos militares o el miedo a las primeras detonaciones hasta la primera arma que recibieron todos los reclutas: una pala. Pasaban horas cavando trincheras. Después de semanas acudiendo al campo de batalla sólo con una granada, se hizo al fin con un fusil Mosin estándar. Ese fue el punto de inflexión.

Siete cartuchos para dos nazis son demasiados 

“Mi debut como francotiradora en combate fue en Beliayevka, el 8 de agosto de 1941. Nunca olvidaré ese día. Beliayevka, el 8 de agosto de 1941. Nunca olvidaré ese día. Beliayevka era una vieja población, bastante grande, fundada por los cosacos de Zaporizhia junto al lago Biéyole, a unos 40 kilómetros de Odessa. El capitán Serguienko requirió mi presencia en el puesto de mando y señaló con el dedo los confines de Beliyevka. Tenía el fusil sobre el hombro y del cinturón me colgaban tres cartucheras”.
Lucy tienes que ahorrar cartuchos. Siete para dos nazis son demasiados”
La narración que hace, con detalles precisos y de una memoria prodigiosa, reconstruyen un pensamiento técnico, que entiende la acción de disparar como el resultado de un proceso metódico y frío. “Empuñé el fusil y miré por el visor de la mira telescópica. La línea horizontal cubría la silueta del oficial que bajaba por las escaleras, aproximadamente hasta su cintura. Resolví una ecuación del curso práctico de balística que habíamos hecho en la escuela y el resultado fue: distancia al objetivo = 400 metros. Introduje un cartucho con bala ligera en la recámara y miré a mi alrededor para buscar un lugar desde donde disparar”.
Pasar de entrenar con tiros a la diana a apuntar con bombas y proyectiles del enemigo mina la concentración y hace desperdiciar balas. Las acotaciones al respecto invitan, por igual, a la ternura o la risa, porque el lector puede reconstruir en su cabeza la imagen de la joven chica que se encuentra, con el arma en mano, en plena línea de guerra: “Lucy -dijo con benevolencia el comandante del batallón mirando a través de sus binoculares a los dos oficiales que yacían inmóviles en el porche-, tienes que ahorrar cartuchos. Siete para dos nazis son demasiados”. A lo que ella contesta: “Lo siento, camarada comandante. Lo corregiré”. 

Una celebridad... ¿o propaganda?

“Que distingas perfectamente el rostro de tu enemigo a través de una mira telescópica y, a pesar de ello, dispares a matar, es algo que a una mujer estadounidense le cuesta comprender”, escribe Pavlinchenko de su viaje a Washington, el 27 de agosto de 1942. La esperaba a las puertas de la Casa Blanca Eleanor Roosevelt, esposa de Franklin Delano Roosevelt, el trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos, aliado de Rusia e Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, todavía en marcha. Fue una de las primeras misiones de propaganda a la que enviaron sufrir una herida por fuego de mortero en junio de 1942. Exactamente un mes antes. Para ilustrar su periplo, Liudmila Pavlichenko describe banquetes oficiales con los estadounidenses, los brindis rusos y el complejo aparato del comisariado soviético. La profusión de detalles resulta tan notarial como fascinante, un entramado de elementos que invitan al lector a debatirse entre la curiosidad y el escepticismo.
Que distingas el rostro de tu enemigo en una mira telescópica y dispares a matar, es algo que a una mujer estadounidense le cuesta comprender”
Estas memorias son frías como el cañón de un fusil y justo por eso fascinantes, porque entre capítulo y capítulo, Liudmila Pavlichenko dispara fogonazos de sí misma, por ejemplo, ésta del banquete oficial de la embajada rusa en EEUU, sobre la insistente mirada de uno de sus anfitriones: “De vez en cuando me miraba. Por lo visto, le preocupaba que, también allí, yo saltara con algún comentario no adecuado al protocolo diplomático. Sus preocupaciones estaban completamente infundadas, A no ser que me provoquen, soy una persona razonable, tranquila y discreta”. ¿Quién se cuenta? ¿Quién escribe? La primera persona apunta a Pavlichenko, un personaje enigmático, aún después de cerrar el libro, una lectura contradictoria al mismo tiempo que placentera y esclarecedora.

viernes, 15 de febrero de 2019

"EL ANGEL DEL GUETO DE VARSOVIA", IRENA SENDLER


"EL ANGEL DEL GUETO DE VARSOVIA", LA HISTORIA DE LA MUJER QUE SALVÓ A MÁS DE 2.500 NIÑOS DEL HOLOCAUSTO

Una mujer excepcional que no ha sido reconocida por su gran labor durante la Segunda Guerra Mundial. Discreta y valiente, Irena Sendler salvó la vida de más de 2.500 niños durante el conflicto.

                                                  Irena Sendler, la heroína del Holocausto

Tardó en hacerse popular. No fue hasta 1999, cuando su hazaña fue descubierta por un grupo de estudiantes de Kansas (EE.UU.) que realizaban un trabajo sobre el Holocausto.

Irena Sendler nació en 1910 en Otwock, Varsovia, en el seno de una familia católica. De su padre, médico rural que murió cuando ella tenía apenas 7 años, aprendió la solidaridad y el respeto por los demás. Su padre Stanisław Krzyżanowski falleció tras contagiarse de tifus que sufrían sus pacientes y a quienes muchos de sus colegas médicos no quisieron atender por miedo a contagiarse.

Siguiendo, en parte, los pasos de su progenitor, Irena decidió dedicar su vida a los demás y se hizo enfermera. Trabajaba en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia cuando Alemania invadió Polonia y, un año después, tras la apertura del gueto de Varsovia, Irena se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos, conocido como Zegota, como miembro del cuerpo sanitario para encargarse de paliar los casos de enfermedades contagiosas.



                                                          Sendler, el ángel de Varsovia

Para impedir la propagación del tifus, los nacionalsocialistas permitieron la entrada de las personas que intentaban frenar esta enfermedad. Fue en ese momento cuando Irena se dio cuenta de que lo que le aguardaba a la mayoría de las personas del gueto era terrible. Por eso, decidió entonces intentar sacar de allí a los más pequeños.Como los alemanes invasores tenían miedo de una posible epidemia de tifus, permitían que los polacos controlaran el recinto del gueto y podían entrar y salir sin dificultad.
Pronto se puso en contacto con familias a las que les ofreció llevar a sus hijos fuera del gueto. Pero no les podía dar garantías de éxito.

Lo único cierto era que los niños morirían si permanecían en él.
Los llegó a sacar en bolsas, sacos de patatas, maletas, cestos de basura, en ambulancias como víctimas de tifus, pero cuando los nazis intensificaron la vigilancia, para asegurarse de que no fuesen descubiertos comenzó a drogar a los niños para después meterlos en ataúdes.
Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social de la ciudad y empezó a trazar un plan para salvar a tantos niños judíos como pudiese.

Con su ayuda, elaboró cientos de documentos con firmas falsificadas dándoles identidades temporales a los niños judíos.
Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres y a sus familias, para ello ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades.
Anotaba los datos personales de cada pequeño en trozos de papel y los guardaba dentro de botes que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino sin que nadie sospechase nada.

Al principio, se las amañó para poder sacar a los niños y niñas en las ambulanciasque trasladaban a los pacientes más graves al hospital fuera del gueto. Sin embargo, con el paso del tiempo, tuvo que ingeniárselas de otras formas y decidió sacar a los pequeños en bolsas de basura o, incluso, en ataúdes.

El 20 de octubre de 1943, Jolanta (nombre en clave de Irena) fue detenida por la Gestapo. Pero, aún en prisión y sometida a horribles torturas, jamás desveló el paradero de todos los niños a los que había salvado.

Cuando la guerra terminó e Irena desenterró la lista que había hecho con los nombres de los niños rescatados, se la entregó al comité de salvamento de los judíos supervivientes. Cuando su hazaña se hizo pública, algunos de esos niños la reconocieron. En pleno Holocausto, fue condenada a muerte, pero un soldado la ayudó a escapar y pudo seguir con su labor hasta que la guerra terminó. Por desgracia, ese soldado fue ejecutado.

Oficialmente Irena figuraba en la listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, continuó trabajando pero con una identidad falsa.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Irena desenterró los botes con la información de cada niño y le entregó las notas al doctor Adolfo Berman, el primer presidente del Comité de salvamento de los judíos supervivientes.
La mayor parte de las familias de los niños había muerto en los campos de concentración nazis.
Sendler fue candidata al Premio Nobel de la Paz en 2007, aunque finalmente no resultó elegida.
Sin embargo, fue reconocida como Justa entre las naciones y fue nombrada ciudadana honoraria de Israel.

Por su parte, el gobierno polaco se le otorgó la más alta distinción civil de Polonia al ser nombrada dama de la Orden del Águila Blanca en 2007.



                                                         Imagen: Isabel Ruiz Ruiz

Irena Sendler falleció en Varsovia, el 12 de mayo de 2008. Tenía 98 años.

Nuestro más profundo y sincero reconocimiento a Irena Sendler, una mujer valiente, luchadora y solidaria que salvó tantas vidas.

....A FONDO

IRENA SENDLER

Imagen relacionada

Entrevista realizada a IRENA SENDLER:
La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.

Mi padre era médico y murió cuando yo era todavía pequeña porque se contagió de tifus de varios pacientes a los que sus colegas médicos habían rechazado atender. También a él lo rechazaron cuando contrajo la enfermedad y falleció. Fue el mejor y el peor aprendizaje.

La comunidad judía me pagó los estudios en agradecimiento a la labor de mi padre, ya que muchos de aquellos pacientes eran judíos. Les hablo de esta infancia y de mi vida en general, desde Varsovia, desde Polonia. Pero en la universidad, estudiando enfermería, que sentía de manera vocacional para ayudar, me expulsaron porque me opuse al sistema de discriminación existente.

Fui enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, que llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. El trabajo allí fue arduo, pero nunca pensé entonces lo que iba a hacer luego, simplemente surgió.

Fue cuando en 1942 los nazis crearon un gueto en Varsovia, un gueto con unas condiciones de vida imposibles, y fue entonces cuando conseguí para una compañera y para mí, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde conseguí pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se destara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto.

.Irena Sendler
Así fue como a lo largo de un año y medio, tras ver las condiciones que existían en ese gueto, que solo podía terminar en la muerte de todos los que allí estaban, me puse a rescatar a niños. Empezamos a sacarlos en ambulancias, pero pronto todos los caminos eran válidos con tal de que salieran de allí y pudieran sobrevivir: sacos, cestos de basura, bolsas de patatas, ataúdes… cualquier cosa para garantizar la vida de unos niños condenados a una muerte segura.
Me organicé para elaborar un archivo con sus nombres judíos, con sus orígenes y sus familias, al lado de sus nuevos nombres católicos, sus nombres para la supervivencia. Iban a ser acogidos, y dados en adopción pero yo no quería que no supiera su verdadero origen. Este archivo lo guardé en dos botes de cristal y lo planté debajo del manzano de mi vecina, contando con mi propia muerte.
Los nazis supieron de mis actividades y finalmente fui detenida por la Gestapo. En la prisión fui torturada con el fin de que desvelase los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños liberados, niños judíos. Nunca los traicioné. Pude sobrevivir gracias a un soldado alemán que me dejó huir al grito de ¡corra! cuando ya había sido condenada a muerte.
Al día siguiente hallé mi propio nombre en la lista de los ejecutados y seguí trabajando con una identidad falsa. Cuando la guerra terminó, entregué los dos botes con las listas al pimer presidente del Comité de salvamento de los judíos supervivientes. Cierto es que la mayoría de las familias de los niños habían muerto en los campos de concentración nazis



Cuando mi nombre se dio a conocer, me empezaron a hacer muchas entrevistas y mi fotografía fue publicada en distintos medios así que empezaron a reconocerme niños que ya eran adultos, claro. Fue algo cansado porque empecé a recibir muchas visitas y me dieron unos reconocimientos que no esperé jamás: fui nombrada dama de la Orden del Águila Blanca, la mayor condecoración de Polonia. Fui condecorada también como Justa entre las naciones y fui propuesta por el gobierno de Polonia a Premio Nobel de la Paz.
El árbol plantado en honor de Irena Sendler, Yad Vashem, 2012
El 19 de octubre de 1965 Yad Vashem reconoció a Irena Sendler como Justa de las Naciones. El árbol plantado en su honor se yergue en el comienzo de la Avenida de los Justos de las Naciones.



"A pesar de que no puedo no estar agradecida por todo, siempre dije que mis actos fueron la justificación de mi existencia en la tierra y nunca un título para recibir la gloria"
Irena Sendler


REDACCIÓN, MAQUETACIÓN Y ARCHIVO FOTOGRÁFICO J.M.G