LA MUJER EN LA HISTORIA MILITAR

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Damas Legionarias
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viernes, 1 de febrero de 2019

EL ESCUADRÓN DE LAS MUERTAS VIVIENTES


El Escuadrón de las Muertas Vivientes, las chicas que murieron por pintar relojes radioactivos

Decenas de mujeres desarrollaron enfermedades terribles tras manipular radio sin protección


MadridActualizado:


Era la fiebre del radio. Marie y Pierre Curie lo habían descubierto cerca de dos décadas atrás, a finales del siglo XIX, y el elemento se consideraba casi milagroso. Todo llevaba radio, o eso decían los anuncios, desde píldoras y vendajes, o dentífricos y maquillaje, hasta jarras de agua. Y los relojes no podían ser menos. Comenzaron a pintarse sus esferas con una mezcla que lograba que sus números brillaran en la oscuridad.
En esta industria entraron a trabajar cientos de chicas. Era un empleo bien pagado, estable y hasta glamuroso. Las mujeres que trabajaban pintando las esferas eran consideradas artistas y un aura especial las envolvía… porque resplandecían en la oscuridad. Literalmente. El polvo radioactivo se posaba en su ropa, en su pelo, en su piel. Su labor consistía en chupar un pequeño pincel para afinarlo, mojarlo en la pintura compuesta con radio, y pintar. Y vuelta a empezar. Una técnica que solo se utilizaba en Estados Unidos, donde nadie las advirtió de que podía ser peligroso.
En los años 20, algunas chicas comenzaron a sentirse mal. Fue el inicio de una dura lucha contra la enfermedad, contra la empresa, contra la desinformación y contra las leyes del momento. También fue una batalla por el futuro de las demás trabajadoras, que ahora rememora detalladamente Kate Moore en el libro «Las chicas del radio» ( Editorial Capitán Swing), en donde ha documentado la historia real de estas mujeres.
Una pintora en la fábrica
Una pintora en la fábrica
Al principio, los síntomas que tenían no parecían estar relacionados con el trabajo. Algunas se sentían cansadas, a otras les comenzó a salir acné y otras empezaron a tener un dolor intenso en la mandíbula. Mollie Maggia fue la primera en sufrir los peores síntomas de la intoxicación por radio. En 1921 le quitaron la primera pieza dental tras quejarse de molestias en la boca, pero la herida no cicatrizó y los dolores no se fueron. Le quitaron más dientes, pero solo empeoraba, la infección no remitía y las heridas quedaban abiertas en úlceras supurantes. Maggia empezó a padecer otras enfermedades: le dolían la cadera y los pies, y los médicos pensaron que era reuma. Para entonces los dientes se le caían solos. Al poco estaba casi coja. En una de sus visitas al dentista, este vio con horror durante el reconocimiento cómo «a pesar de la suavidad del toque, el hueso de la mandíbula se rompía bajo sus dedos», cuenta Moore en el libro. Casi un año después de haber tenido los primeros síntomas, Mollie Maggia murió.
Los síntomas y el desenlace se repetiría después con otras muchas de las pintoras de esferas. El mal de la boca acabaría conociéndose como «la mandíbula del radio». Otras veces, el lugar del dolor cambiaba. Era en la garganta, en el brazo, la espalda, una pierna... otras chicas tenían anemia y más adelante les saldrían carcinomas. Ante la avalancha de casos, los médicos empezaron a sospechar que podía tratarse de un mal relacionado con su trabajo, pero la empresa, la United States Radium Corporation, apaciguaba a las trabajadoras. No había ningún peligro.

Las «muertas vivientes»

En 1925 llegaba por primera vez a la empresa una demanda relacionada con la salud de sus empleadas. El problema era demostrar que la radioactividad estaba matando a las chicas, aunque para ese año los médicos estaban convencidos de que el radio se acumulaba en los huesos. Su naturaleza química era similar a la del calcio, así que cuando entraba en el organismo a través de la boca, este tendía a asimilarlo y fijarlo en los huesos. Pero la única forma de demostrarlo era extraer el radio de los huesos después de pulverizarlos. Dos años después de comenzar el proceso legal, exhumaron a Mollie Maggia. Sus hermanas, que habían trabajado en la misma fábrica y también habían enfermado, solo podían jugar con lo que revelara el cuerpo de Mollie. Fue cuando descubrieron que hasta el interior del ataúd brillaba y cada uno de sus tejidos dio muestras de radioactividad.
Durante varios lustros, las pintoras de esferas lucharon contra los plazos de prescripción de las leyes norteamericanas, también contra los escasos estudios que había sobre los efectos de la radiactividad en el cuerpo, y las formas de detectarlo. Estaban sentenciadas a muerte, pero decidieron dar batalla en los tribunales y en la prensa. Se modificaron las leyes de enfermedad laboral por envenenamiento y en 1931 la FDA declaró ilegales las medicinas con radio. A ellas las apodaron «el Escuadrón de las Muertas Vivientes». Tras innumerables dilaciones, recursos y apelaciones, y con el tiempo corriendo en su contra porque iban muriendo una a una, trece años después de la primera demanda, en 1938, un tribunal declaraba a la empresa responsable de la salud de sus empleados.


miércoles, 30 de enero de 2019

MUJER ÍBERA

Actualmente la lengua íbera es todavía un misterio. Nuestro conocimiento no es nulo pero sí bastante escaso. Por ello, para acercarnos al mundo íbero tenemos que hacer uso de los antiguos textos de los historiadores griegos y latinos. Otra fuente fundamental es el análisis de los restos arqueológicos (tanto los objetos que han sido descubiertos como los restos humanos). De todos estos estudios, se ha deducido que la mujer íbera desempeñaba un papel fundamental en la sociedad tanto en el ámbito familiar, como madre y esposa, como en la vida pública. Gracias a las representaciones cerámicas, sabemos que algunas mujeres participaron en festividades importantes y en rituales religiosos.


El papel de la mujer en la sociedad ibérica todavía es un tema de debate. En los sistemas parentesco patrilineales, tan característicos de los antiguos pueblos del Mediterráneo, la mujer desempeñaba, desde un punto de vista tradicional, un rol secundario y dependiente del varón. En lo concerniente al mundo ibérico hay cada vez más datos para valorar su papel en los distintos ámbitos públicos y privados, más allá de la esfera doméstica. Por lo general, la mujer era el elemento imprescindible en la reproducción de la estructura familiar, transmitiéndose con ella el linaje y el vínculo sanguíneo de generación en generación. Mientras que corresponde al hombre la transmisión de derecho o vínculo hereditario, al menos en las sociedades patriarcales que parecen ser las predominantes en el espacio ibérico.
Fotografía de Miguel Florian
Para un correcto enfoque conviene apuntar que la función de la mujer íbera en la sociedad no era tanto una cuestión de género sino de estatus. Si la mujer pertenecía a la aristocracia o poseía la suficiente riqueza, su poder e influencia en los terrenos socio-político, económico y religioso igualaba al del hombre.

Pese a ser dependientes del padre y del marido tras el matrimonio, estas mujeres eran quienes otorgaban el prestigio y el poder a las familias. Según el historiador romano Salustio, ellas también tenían el derecho a elegir a sus propios esposos. Si la mujer pertenecía a la aristocracia, no dudaba en escoger al mejor guerrero. Además, eran las íberas quienes recibían las herencias y planeaban los matrimonios de sus hijos.


¿Cuál era el papel de la mujer en Iberia?
La función principal de la mujer era el de protectora del hogar, un rol muy estimado por la sociedad y considerado de gran importancia debido a la alta mortalidad infantil y las continuas guerras. El hombre, en cambio, encarnaba el poder político y militar. Como hemos dicho anteriormente, las mujeres influyentes y adineradas también participaron en la política en los conocidos "consejos de mujeres".
La mayoría de mujeres, aparte de cuidar con esmero sus hogares, trabajaban en el campo junto a los hombres. De hecho, el historiador griego Estrabón dijo de ellas: "Las mujeres trabajan en la tierra, paren en el mismo campo y después siguen trabajando". En situación de guerra, las mujeres debían tomar a su cargo toda la casa, los campos y los ganados (independientemente de su condición social).
En los escritos de Salustio, se hace mención a mujeres que también formaron parte del mundo del comercio y la producción de tejidos. De hecho, las actividades domésticas como la costura constituían una tarea exclusivamente femenina. Así lo demuestra la aparición de agujas, placas de hueso y demás instrumentos para hilar en las tumbas femeninas. De hecho, existió más de una gran empresaria en la península ibérica.

La religión desde un punto de vista femenino: diosas y sacerdotisas
Dama de Baza
La mujer íbera estaba relacionada con el mundo irracional, místico e incluso mágico. Muchas de ellas, fueron importantes sacerdotisas. Las íberas eran consideradas las mediadoras entre el hombre y los antiguos dioses. Se cree que el sacerdocio estaba compuesto principalmente por mujeres. En las ceremonias religiosas, la relación entre hombre y mujer era igualitaria. Incluso, si el rito religioso estaba destinado a una diosa, la mujer se encontraba en una relación de superioridad frente al varón. Se cree que en el panteón de los dioses íberos, había una gran variedad de divinidades femeninas.
Los lugares donde se llevaban a cabo los ritos religiosos eran muy variados. Las ceremonias se realizaban en espacios naturales como cuevas o simas y en templos. En todos estos santuarios existían exvotos con forma de mujer. A veces eran representadas con pechos y otras veces como mujeres encintas. En el Cerro de Santos (Albacete) se encontraron grandes esculturas de sacerdotisas. La gran mayoría de estos espacios sagrados se han asociado con diosas de la naturaleza y de la fertilidad (algunas de ellas influenciadas por la cultura griega y fenicia).
La mujer también formaba parte del lenguaje iconográfico en torno a la muerte. Se cree que su papel en los rituales de tránsito hacia el más allá era esencial. Ejemplos son las imágenes que encontramos ciertos pilares-estela o los restos del santuario ibérico de Coímbra del Barranco Ancho (Jumilla, Murcia).
Otro dato importante es que la prostitución sagrada estaba consentida. Esta práctica provenía de Oriente y las mujeres que la efectuaban tenían un gran prestigio en la sociedad.


Mujeres guerreras
A través de la arqueología, se ha llegado a la conclusión de que la civilización ibérica, por lo general, estaba muy jerarquizada y era conocida por su carácter belicoso. A pesar de que los ejércitos estaban formados principalmente por hombres, algunas mujeres también participaron en la guerra. Los historiadores clásicos consideraron "heroica" la participación de la mujer en las guerras contra los púnicos y contra los romanos.

Exvotos íberos con figuras femeninas
Matriarcados en la península ibérica
Los antiguos pueblos de nuestra península eran muy diversos. Los íberos, nombrados anteriormente, se encontraban en el sur y en el levante de la península y a pesar de no tener un origen Indo-Europeo, se vieron muy influenciados por estos pueblos (romanos, griegos…) y por otras civilizaciones del Mediterráneo como los cartagineses y los fenicios. Es por ello, que la sociedad íbera tiene aspectos en común con todos estos visitantes y colonizadores. Una de las características principales de estas sociedades es que eran patriarcales.
Al igual que ellos, los pueblos celtas del norte y del centro peninsular (cántabros, astures, galaicos, celtíberos…) también fueron regidos principalmente por los hombres.

Sin embargo, en el norte de Iberia, existía un pueblo de origen pre-Indo-Europeo de carácter matriarcal: el pueblo vascón.

El matriarcado consistía en una sociedad en la que la influencia predominante en el carácter colectivo del pueblo es la femenina. En las sociedades matriarcales, las madres y las ancianas encabezaban la familia y tomaban las decisiones más importantes. Sin embargo, estas antiguas sociedades no estaban dirigidas única y exclusivamente por mujeres, si no que reinaba la igualdad. La idea de la existencia de sociedades matriarcales en el norte durante la época prerromana se fundamenta, en parte, a las dudosas fuentes historiográficas de Estrabón.